EL BAILE DEL AHORCADO
Paciencia
Llega un momento en el que la miseria se convierte en lo cotidiano. Entonces, es tan estomagante, que intentas protegerte, ponerte a cubierto, como si el mundo en el que vivieras fuera la inmediatez y fuera, sólo la nada.
También se puede elegir la opción de la normalidad. El problema es que se requiere una personalidad muy especial para pensar que lo que está ocurriendo en nuestras calles responde a la fuerza de lo cotidiano. Hay que ser idiota o carecer de escrúpulos. Aquí no entran los cínicos, porque ellos esconden el remordimiento tras sus brotes de frivolidad. La sociedad se ha vuelto salvaje, y lo ha hecho porque ha desahuciado la culpa.
La culpa tiene un poder único. Nos hace ver a los demás y encontrarnos con nosotros mismos en el resto, mirarnos en su espejo. Por eso resulta tan importante recuperarla.
La culpa es la otra cara de la satisfacción vicaria. Es la vergüenza ante el dolor que no nos preocupamos por aliviar, la vergüenza ante la felicidad propia, inmerecida. La culpa es, también, compasión. La culpa tiene el poder de salvar a los que la padecen, tiene el capacidad de colocarnos más cerca del consuelo, del perdón, de la reconciliación con nosotros mismos.
Pero, en esta sociedad, vacía, banal, simplona e irrelevante en la que todos estos conceptos parecen caducos, ya no hay lugar para la culpa, como tampoco lo hay para la razón y la libertad. Por eso resulta tan difícil esgrimir argumentos morales, por eso parece tan complicado explicar ideas ante las que no cabe el relativismo. La paciencia no es una virtud cuando quien la esgrime hace trampas.
La paciencia no es una virtud si quien la solicita no tiene la determinación moral de aplicar a todos el mismo rasero, si es tan cobarde como para exigir resignación a quienes sabe que nunca más podrán salir de la oscuridad, si quien pronuncia su nombre lo hace solo para ganar tiempo, tiempo para decidir a cuántos más de los que viajan en tercera tendrá que sacrificar para seguir en el barco.
Diógenes buscaba un hombre, caminaba por Atenas buscando un hombre que fuera capaz de separarse del rebaño. Me pregunto si habrá alguno que sea capaz de decir que la paciencia tiene un límite.