FUEGO AMIGO
La llave del noroeste
Desde siempre, Astorga ha sido la ciudad mejor comunicada del noroeste. Y hablar de siempre, tratándose de Astorga, es referirse a horizontes urbanos que superan los dos mil años. Sin caer en los delirios fenicios de uno de sus arqueólogos comarcales, a ver qué otro enclave peninsular podría presumir con fundamento de ser punto de destino de dos vías principalísimas, como la de la Plata y la Trajana, que enlazaba Astorga con Zaragoza y con la capital del Imperio. Todavía hoy conserva esa condición de ser la ciudad leonesa mejor comunicada, a pesar del torniquete de la autopista, cara sin fundamento.
Desde hace unos años, Astorga ha mostrado decidida predilección por el rescate de su pasado romano, que ofrece en un elocuente itinerario por sus vestigios, cuyo descubrimiento resulta cautivador para los visitantes. Quizá el mejor reclamo para este secreto de la ciudad sea el museo que alberga la imponente galería central del foro. También el despliegue de sus fiestas veraniegas, cuando el vecindario rememora en el ceremonial del circo la alegría que el oro de las Médulas depositaba en la ciudad. Astorga conjuga tentadora los frutos de sus muchas edades. Además de romana, levítica, herética, jacobea, maragata, castrense, chocolatera y embaucadora con ardides del indomable Napoleón.
Aledaño al palacio de Gaudí, que este año se dispone a celebrar su centenario, se yergue sobre un pináculo catedralicio Pedro Mato, símbolo de hazañas apócrifas en Clavijo. La catedral de Astorga inició sus obras a fines del siglo XV y las demoró hasta los años sesenta del siglo XX, cuando por fin se concluyó su torre grisácea. La fachada barroca y el retablo mayor son las joyas del templo, que cuenta con un museo menos visitado pero con mejores piezas que el de los Caminos. Una de las misericordias del coro representa una partida de naipes, en la que un jugador fuma en pipa. Quizá sea la primera representación europea de este vicio, entonces recién importado de América.
Los monumentos de Astorga se agrupan en ambos extremos del rectángulo amurallado. El pórtico del flanco romano es la plaza Mayor, que preside el consistorio barroco. Detrás se enlazan el museo, la cerca legionaria, las termas menores, el templo de Augusto, la plaza con el mosaico del oso y las dependencias visibles de una casa de aquel tiempo y, un poco más adelante, en el espolón de la muralla, el jardín de la Sinagoga, que permite el acceso a las cloacas y ofrece los más hermosos horizontes comarcales. La ciudad guarda la sorpresa laberíntica de la Casa de los Panero, rescatada del abandono y pendiente de musealización. Quizá el mejor espacio imaginable para albergar sin restricciones el testimonio de la edad de oro de las letras leonesas.