EL BAILE DEL AHORCADO
Conminadores
Imaginen la escena. Las doce y media de la mañana en uno de los bares más céntricos de Villablino. Vecinos cumpliendo con la rutina del café. En esto, llega la policía municipal y le pide a uno de los vecinos que salga, que tiene algo que decirle. El receptor de tales miramientos no es otro que Víctor del Reguero, presidente de Xeitu, a quien el policía asegura que tiene la orden de «conminarle» a que devuelva la placa de Francisco Fernández Blanco y Sierra Pambley. Vamos a rebobinar. Hace dos meses, un caminante pasa delante de la obra de remodelación de la plaza dedicada al filántropo leonés y descubre que la citada placa está sepultada por los escombros. Aquí no vamos a valorar la actuación de los operarios, pero se echa de menos un poco de sentido común en algunos de los actores implicados en toda esta farsa. Que digo yo que cuando se aprueba una obra municipal, lo que debe primar es la sensatez y si hay elementos de especial valor, pues hay que tenerlo en cuenta en el proyecto, y no tratar una pieza histórica como si fuera chatarra. Aunque visto el destino de las escuelas....
El caso es que el caminante la rescata y se la lleva —¿por qué será?— a Víctor del Reguero, que rápidamente se pone manos a la obra para cumplir con la responsabilidad de la que había abdicado el ayuntamiento. O sea, que el club Xeitu va a restaurar la placa.
Hasta aquí los antecedentes, el desatino. Ahora empieza el sainete. Porque enviar a una pareja de la policía municipal a «conminar» a una persona a que entregue algo que ha salvado de la ruina califica muy bien a la cabeza ¿pensante? que lo ordena. En primer lugar demuestra su falta de autoridad y su cobardía, porque una demostración de fuerza con un vecino que cumple su deber ciudadano es una manifestación inequívoca de miedo, y convertir a una persona en el blanco de las sospechas de una comunidad es ruin. Quien quiera que haya puesto en marcha toda esta pantomima ni siquiera se da cuenta de que cualquier administración que se dirige a un ciudadano tiene que hacerlo siguiendo los conductos oficiales y, por supuesto, por escrito. ¿O es que estamos en el Chicago de Al Capone? Hay que tener un poco más de decencia y, sobre todo, es muy importante respetar la ley y no servirse de las fuerzas del orden para satisfacer el prurito personal y atemorizar a quien te paga. Una cosa es la auctoritas y otra muy distinta la potestas.