AL TRASLUZ
Croquetitis
Todo español entiende de fútbol, política y croquetas. Y de estás últimas no tanto porque sepa él cocinarlas sino por aquello de «cómo las de mi madre, ningunas». En Ponferrada acaba de celebrarse con gran éxito la primera edición del Concurso Nacional de Croquetas, una iniciativa excelente en sí misma y como reclamo turístico, sin necesidad de hacer faraónicas inversiones previas. Es manjar que pedalea él solo. La modalidad principal la ha ganado el restaurante El Serrano de Astorga. En términos literarios, pertenece al género narrativo breve, pues la comes en dos bocados y nada debe sobrar o faltar, en cambio, el cocido es más novela. Entre otras, fueron premiadas las de Marquitos, célebres por buenas, calientes y —a juzgar por el precio de la ración— llevar conexión a Internet. También hubo quien presentó la croqueta de gintonic. Uff. Sin ánimos de hacer de menos a la experimentación gastronómica, uno es de gustos más clásicos. Me gustan las películas de vikingos y también las de vampiros, pero las de vikingos vampiros me parecen que es forzar demasiado los fogones de la imaginación.
La croqueta es uno de los manjares caseros por excelencia, y ha merecido incorporarse a las cartas de los más finos restaurantes. Las más estrictas normas de etiqueta permiten comerlas con la mano. Carmen Lomana, noblesse obligue, lo hace levantado el meñique. Y si quema, le sopla el mayordomo.
Qué importante es esa comida familiar en la que nuestra sociedad ha representado su concepción de la convivencia, del diálogo entre generaciones. Nuestras madres supieron no sólo cocinar sino además rentabilizarlo, sin dárselas de grandes administradoras, pese a serlo. «¡Cómo se nota que no has pasado una guerra», me decía la mía cuando ponía muecas ante las espinacas, y hoy me encantan. En cierta forma, procedemos de aquellos platos de nuestra infancia. Las claves de nuestro pasado están ahí, por exceso o por defecto. Gran idea ésta del Concurso Nacional de Croquetas, al que deseamos continuidad. Aunque uno murmura para sí, como lo harán también los propios participantes: «hum, riquísimas, pero como las de mi madre… ningunas». Tras el mi mamá me mima, viene para siempre la croquetitis.