Diario de León
Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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La riqueza monumental de Arévalo es tan obvia como la transparencia de su toponimia comarcal. Estamos en La Moraña, tierra de moriscos, donde el martes se inaugura una nueva edición de las Edades del Hombre. Como León tuvo tres, los lectores conocen bien el perfil declinante de las muestras, desde el esplendor de las músicas catedralicias (1991), al apaño de Ponferrada con el Camino (2007), pasando por el tono discreto de la encrucijada de Astorga (2000). Más allá de este señuelo, Arévalo seduce al viajero con el impacto de su silueta monumental: un perfil de torres y almenas que alberga un auténtico museo mudéjar y el reclamo de una gastronomía donde el tostón es el rey. La ciudad articula su caserío en una sucesión de plazas y calles que componen un ámbito cerrado en sí mismo, a la vez que dan curso a nuevos espacios, conformando un conjunto complejo y fascinante, una trama urbana propicia al merodeo y a la sorpresa, donde nada es lo que parece.

Este laberinto de clara raíz oriental se asienta en «un promontorio con escarpes pintorescos», según lo describió Unamuno, hacia los cursos hundidos del Adaja y del Arevalillo, que se funden al pie del remozado castillo. Precisamente en este punto de encuentro fluvial se produce un fenómeno curioso: los peces pescados en la junta de las aguas no se descomponen con el paso del tiempo. Pero más allá de curiosas milagrerías, Arévalo ofrece al viajero algunas de las iglesias más singulares del arte mudéjar, varios palacios averiados, puentes tan hermosos como el de Medina, restos conventuales, puertas, arcos, portillos y tramos de la muralla, además de tres plazas realmente soberbias. Acaso demasiado para el visitante fugaz que acude al reclamo del tostón. Ahora las Edades obligan a prolongar la estancia.

En 1952, el Ministerio de Agricultura rescató el castillo de la ruina para convertirlo en granero, alterando su exquisita estampa mudéjar con una ridícula cresta de almenas de ladrillo. Al retirarle la cosecha, a finales de los sesenta, instalaron en la torre un Museo de Cereales y habilitaron con todo lujo media docena de habitaciones, que después de la reciente restauración han quedado señoriales. Las aprovecha el ministerio de Arias Cañete. La terraza almenada del castillo ofrece la mejor atalaya sobre la ciudad. La joya artística de Arévalo es la Lugareja y se encuentra a dos kilómetros del casco urbano, en la ribera del Arevalillo. La iglesia alberga un recinto de belleza mágica. La filigrana de ladrillo se ilumina con la luz tamizada por las arquerías aéreas y descubre un espacio armonioso, propicio para el asombro. La exposición de las Edades permanecerá abierta entre mayo y noviembre y constituye la antesala del centenario de Santa Teresa.

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