Diario de León
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León

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La lenta revolución que viene, suma de revoluciones parciales, no llegará, me parece, ni de la mano del Gobierno, ni de la de la oposición, ni de las instituciones. Ni siquiera llegará de la mano de los indignados. A todos los citados hay que darles su parte de responsabilidad en lo que nos llegue y también en lo que deje de llegarnos. Pero creo que esa lenta revolución viene de la mano de eso tan magmático, aquí y ahora tan desorganizado, a lo que llamamos sociedad civil.

Tenemos que estar atentos a los síntomas: lo que dicen las encuestas sobre el aprecio ciudadano es uno de estos signos de que, por ejemplo, nuestra clase política no puede seguir actuando como hasta ahora. Es una muestra de que los partidos de ninguna manera han de continuar con su actual funcionamiento, que ya estamos viendo hasta qué punto fue nefasto en tiempos no tan remotos... e incluso en los actuales.

Al PSOE hay que reconocerle un primer paso en el sentido regenerador, claramente insuficiente aún, pero primer paso, digno de ser tomado en consideración, al fin. Proponen los socialistas más implicados en esta regeneración, que parecen estar no menos hartos de cómo funciona su partido que Aznar de cómo lo hace el suyo, establecer la obligatoriedad de las primarias, un nuevo concepto de los congresos partidarios y mayor participación de las bases.

De la misma manera, hay que admitir que el Gobierno avanza tímidamente en la ruta de los cambios, por ejemplo en materia laboral. En ese sentido, no podemos dejar de saludar la llegada del proyecto de ley del emprendedor. Pocas revoluciones tan importantes pueden operarse en las mismas entrañas de la sociedad como la de transformar las mentalidades excesivamente funcionariales en ansias emprendedoras. Las ayudas aún son insuficientes, pero hay que reconocer que la palabra emprendedor se ha convertido en un nuevo santo y seña para la transformación de una sociedad en marcha hacia quién sabe dónde y en proceso de cambios a favor de vaya usted a saber qué.

Pero tendrá que ser la sociedad civil la que consolide la transformación. No están los gobiernos para hacer florecer las revoluciones, sino para ayudar, o al menos no estorbar. Es obvio que la sociedad está cambiando, para bien y para mal. No diré yo que con manifiestos, manifestaciones de protesta o incluso alentando emprendimientos vamos a transformar España en un sentido inequívocamente positivo: pero sí que estamos enviando mensajes muy claros a quienes, por lo visto, están convencidos de que todo lo están haciendo bien. Mensajes que les dicen que así, estancados en la política del parcheo y del «a ver si aguantamos una temporada más», no podemos seguir. La/s revolución/es va/n, así, avanzando sin rumbo, sin que nadie las controle, exigiendo transformaciones que, desde el poder establecido ni se quieren ni se saben, por lo visto, propiciar.

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