Diario de León
Carlos Frá
León

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Lo de los fraudes masivos no es nada nuevo en España, pero parece que algo ocurre cuando se han producido en tan pocos años una sucesión de casos singulares que han afectado directamente a miles, quizás millones de pequeños inversores.

Seguramente los más doctos en ingeniería financiera dirán que nada tienen que ver Gescartera, Fórum-Afinsa, Nueva Rumasa y lo último, las preferentes y deudas subordinadas de las cajas de ahorro. Y probablemente sea cierto, pero la realidad es que los efectos sobre los pequeños inversores son los mismos: su dinero se ha evaporado y nadie ni ninguna institución se hace responsable.

De nuevo las estampitas han llegado y si alguien tenía dudas sobre la importancia y el volumen de afectados no tiene más que tirar de hemeroteca para ver las fotos de los que acudieron el viernes al centro cívico León Oeste o el sábado a La Obrera ponferradina.

Los damnificados por esta sucesión de remesas de estampitas han sido excesivos para que se les siga intentando ningunear o incluso, desde ciertas bancadas, condenar porque aceptaban los mejores intereses avalados por supuestas instituciones financieras serias. Y hacían esto porque confiaban en esas entidades ya que un paso por detrás se supone que hay una serie de entes y organismos —en algunos casos gigantescos y pagados con dinero de todos— que están para vigilar.

La sensación que invade en este caso de las preferentes a muchos afectados es que han sido estafados precisamente por quienes tenían que protegerlos. Los que lideraban las cajas de ahorro eran sus representantes públicos, quienes ocupaban cargos para defender los intereses de la ciudadanía. Pero la cruda realidad es que les fallaron estos pero también los otros, los que tenían que haber realizado la labor policial porque no todo lo legal es justo ni mucho menos moral.

El ciudadano común no ha realizado normalmente cursos de ingeniería financiera pero paga religiosamente sus impuestos para disponer de una serie de servicios, pero también para poder moverse por una sociedad segura.

Aquí no ha ocurrido como en el timo de la estampita en el que se estafa a quien intenta cometer él mismo un abuso. Aquí han sido perjudicados quienes lo que hicieron fue confiar en la aparente seriedad y rigor de unas instituciones y de unos órganos de control.

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