Diario de León
Publicado por
Isidoro Álvarez Sacristán De la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación
León

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Parece ser que, en efecto, los cargos de los políticos son unos juguetes que en manos inexpertas producen disonancias en la sociedad. Si en alguna ocasión hemos dicho que los políticos no son una casta ni una clase sino que son una profesión y un ejercicio permanente, debería de procederse a una previa formación, y lo primero que se recomendaría es la lectura de El político de Azorín, que escrito en 1908, tiene plena vigencia, sobre todo cuando dice que «en la provisión de cargos, si no pudiere pasar de emplear a gente inapta (sic), si los representantes de la nación eran antaño poco veraces y enteros que hogaño, aun siendo la mayoría la misma haya entre ellos hombre de bien e inteligentes». Y, claro, cuando nos dirigen gentes sin la suficiente entereza y honestidad, emplean sus cargos y usan las instituciones como juguetes de niñatos mal criados.

Si se trata de una corporación municipal, los políticos-ediles juegan con el presupuesto del ayuntamiento al socaire de las ideas más peregrinas. Todos los munícipes quieren emular al pueblo de al lado y justificar —con su nombre para la posteridad— la construcción de un polideportivo para jugar al frontón un día a la semana o la construcción de un parque infantil en un pueblo sin niños. Y se justifica porque el artículo 25 de la Ley de Régimen Local permite la celebración de ferias y mercados, o las instalaciones deportivas. Un juguete que endeuda a los vecinos y produce sonrojo al visitante. Un juego en el que el único que pierde es el ciudadano.

Si nos elevamos de rango y acudimos a la presidencia de la nación, nos encontramos con un presidente que ni siquiera conoce el término al dudar de la misma bajo la expresión de que «la nación es un concepto discutido y discutible». Nuevo juego dialéctico que está fuera de la realidad, pues desde la definición de Renan como un «destino común» con sus tiempos históricos felices y trágicos está clara la definición. Como argumentaba Ortega, se ha de aceptar la circunstancia de «mi nación y mi tiempo» y así poder salir de esa duda que tenía el presidente de la nación española; pues si se tiene duda de lo que es nación y lo que es «su» tiempo difícilmente se puede gobernar y lo que es serio se convierte en el juguete que con el uso se rompe y vienen los lloros.

Y los delirios de los políticos que gobiernan nuestras comunidades, además de desconocer el «alma española» (Joaquín Costa) de los conciudadanos, para pasar el rato, se construyen el juguete de una aeropuerto sin aviones, pero eso sí, con sus correspondiente organismos (consorcios, asesorías, etc. ) para colocar a amiguetes, correligionarios o familiares. Por ejemplo, en Cataluña se crea el juguete de una compañía aérea que se liquida con unas pérdidas multimillonarias; o se pretende imponer el catalán en la administración de justicia. O en el País vasco se suprime el escudo de España en la burocracia de la justicia. Se juega, en fin, con la buena voluntad de la ciudadanía.

No digamos nada si se les encarga la dirección de la enseñanza. Se traslada la ideología a la escuela (templo de la cultura y del magisterio), perturbando el buen hacer de la mayoría de los enseñantes. En algunos lugares se pretende cambiar la tradición. Pongamos el ejemplo de cambiar las vacaciones de Semana Santa por las vacaciones de primavera o las de Navidad, por las vacaciones de invierno. Todo un ejemplo de revolución ideológica disfrazada de semántica. O la supresión del crucifijo por no herir la religión musulmana de un alumno árabe. Lo que se ha llamado la revolución silenciosa y laica. Porque «no es cierto —como ya alegaba Maragall— que las sociedades avanzan por medio de las revoluciones, la sociedad avanza a pesar de las revoluciones».

Un juguete típico es la huelga que la usan los sindicatos como si se tratara de la invención permanente. Se olvidan los sindicatos que la defensa de los trabajadores no la tienen ellos sino el Estado y que si, en efectos, los intereses de los trabajadores es una subrogación sindical, la huelga no es un fin en sí misma sino que es una «perturbación» —como dijo el Tribunal Constitucional— si se lleva a cabo de forma violenta, que es lo habitual cuando se produce en la esfera de la juguetería.

Si los jueces se introducen en la política, pierden su razón de ser y pierden la independencia. Dejan de ejercer la misión primordial de presidir el estado de Derecho para acceder al juego de la partitocracia. Así cuando el presidente —nada menos— del Supremo dice que está «enamorado» de los escraches se está metiendo en el jardín de la política. O cuando el presidente del Constitucional —sin que nadie le pregunte— entra en el juego de identidad de las nacionalidades al decir que la tiene Cataluña, obviando el concepto de Estado y del resto de las «regionalidades», produce un desequilibrio en la institución

Por si fuera poco, cuando se trata de tener un juguete como es el dinero, se emplea en subvenciones de la más variada y pintoresca aplicación; lo sea a sindicatos (no se sabe muy bien su empleo) o a partidos políticos. O lo que es más sangrante, a la acción sindical en Costa Rica, a la cinematografía en Cuba, o las mujeres de Mali, etc. En fin, el juguete euro según los caprichos del político de turno.

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