HOJAS DE CHOPO
Sobre el descrédito
El asunto del Musac, por ser una referencia de impacto artístico en su especialidad, guste o no, ha trascendido las fronteras provinciales, autonómicas y nacionales. Y, aunque se quiera minimizar la gravedad con argumentos patrioteros, infantiles y hasta bobalicones, lo cierto es que el descrédito se hace eco en las informaciones de todas las latitudes. Así de claro, así de duro. No querer verlo es ejercitar la política del avestruz, a la que quieren someternos muchos de nuestros políticos, de uno u otro signo, que pasean, triunfalistas, su condición de representantes, elegidos del pueblo. Esta condición han de testificarla los ciudadanos, no ellos, si en verdad no se quiere hacer de la democracia un paripé mal repetido cada cuatro años. La democracia no es un salvoconducto que legitime a algunos a atravesar todas las fronteras. La obscena politización del vivir de cada día es avara con los sometimientos.
No gustaría a nadie seguramente que el Musac se convirtiera en la historia de un descrédito. O de un despropósito. Tres directores en tan poco tiempo no es un hecho que apunte en otra dirección, aunque también es cierto que algunos se apuntan a la valoración del conflicto en segunda instancia. Querer subirse a destiempo al carro aparentemente ganador no legitima sus palabras. Tenían las mismas razones entonces, supongo, aunque se sometieron al silencio. O se guardan los miedos, o se someten a las reglas del juego, que deberán ser iguales para todos. Eva González-Sancho, cuya dimisión ha destapado la localización de los trapos sucios y las, según ella, malas prácticas, ha añadido a su reconocido prestigio profesional la ética de la explicación de los motivos. Y no es poco, en tiempos de ambigüedades y calentamientos a ultranza de sillones y seguridades.
No es del todo cierto, a mi modesto entender, que el tiempo dé y quite razones. El tiempo suele someter las cosas al olvido, porque la memoria histórica, incluso la más reciente, es un tirano que conduce hacia infinidad de laberintos. Nuestra historia, la más reciente también, es el mejor y más doloroso testimonio. Y aunque el tiempo tenga la misma medición para todos —hasta ahí podríamos llegar—, hay un tiempo psicológico que lo hace diferente. Aquí está el meollo del asunto. Un proyecto de hondo calado, como es el Musac, necesita una larga trayectoria para su visibilidad y asentamiento. Necesita, por tanto, períodos de continuidad y proyectos a medio y sobre todo largo plazo. El tiempo político es cortoplacista, su medida de rentabilidad. Así se explican injerencias, amiguismos, compromisos, presiones y un largo etcétera que hacen creer a no pocos que el monte y el aire son suyos. Sobran ejemplos y despropósitos. No nos merecemos descréditos que no hayamos firmado.