LA GAVETA
El camino Pereira
Antonio Pereira habría cumplido noventa años el día 13 de este mes de junio. Habría habido una fiesta grande para celebrarlo. En León, en su casa del paseo de la Facultad, Antonio se levantaría algo tarde, lentamente se asearía, desayunaría luego con Úrsula mirando los árboles, tan frondosos ahora, y después empezaría la ronda de telefonazos, y Antonio agradeciéndolo todo. Y artículos en los periódicos, y hasta algún suplemento especial.
Antonio nos miraría a todos con sus ojos de pillo, también de hombre bueno. Hablaría con su voz cálida y fuerte que nunca se puede olvidar. La voz de un hombre que es un ejemplo para todos los que aman la escritura. No para los que anhelan ser «grandes escritores», empeño bastante necio en general, y siempre decepcionante porque los que aspiran a eso, como los que aspiran a ser ricos o poderosos, nunca tienen bastante. Siempre hay otros que los superan, y en esa tensión ridícula pasan muchas horas y hasta sufren en secreto.
Además, para poder mantenerse en tan duro escalafón tienen que hacer cosas que no les gustan tanto, y viajar como locos, y dejarse ver; y vigilar a los rivales y estar muy al tanto de premios y reconocimientos ajenos, a giras por los institutos Cervantes, a conferencias en embajadas. También tienen que establecer relaciones con instituciones extranjeras para ser invitados y para invitar luego a los que les invitan, y todo es una verdadera tabarra aunque es cierto que los escritores profesionales asumen todo eso con gran orden, agenda y ambición. Y todavía más cuando se juegan, adicionalmente, dineros y supervivencias.
Antonio Pereira era un ejemplo de otro camino hacia la literatura. El de quien vive para escribir, para esa búsqueda, para esa intensidad. Y que también quiere ver publicada esa labor, naturalmente. Porque él sabía, además, que esos libros iban a hacer felices a sus lectores. Pocos o muchos, el gozo estaba garantizado.
Dos meses antes de su muerte, en abril de 2009, Antonio, ya muy octogenario, me dijo: «escribo más que nunca, con más pasión que nunca». Esa es la prueba del algodón. Esa es la verdad de Antonio. Él era virtuoso no solo como escritor, como ciudadano y amigo, como hombre arraigado, inteligente y divertido, sino también como ejemplo moral del trato que un autor ha de tener con la literatura y con los lectores. Desde la libertad, la independencia y la sencillez.
Y todo eso viaja en un tesoro verde, en un inmenso libro maravillosamente editado, que guarda el interminable reino de sus cuentos. Ese libro de casi mil páginas ahí está, Pereira habla en él y nos lleva de la mano por sus sueños, por sus melancolías, por su humor y su talento narrativo. Más sutil en cada relectura, más misterioso y perdurable.