TRIBUNA
Próxima estación: el fin de nuestros pueblos

El ferrocarril se hizo para unir. Esa fue siempre la filosofía esencial de un medio de comunicación que resultó, desde su origen, revolucionario para la totalidad de la provincia de León, un transporte que está en el ADN de su desarrollo y sin el cual ninguna población leonesa o berciana sería hoy lo que es.
Pero la defensa de los actuales trayectos, de las paradas que se venían produciendo en nuestros pueblos y ciudades, de los convoyes que se utilizaban en trenes de larga, media y corta distancia no es una defensa meramente sentimental basada en criterios históricos. Ni siquiera para contrarrestar los durísimos recortes anunciados por parte del Ministerio de Fomento y Renfe que, por su parte, obedecen de manera exclusiva a criterios economicistas.
Cualquiera que conozca mínimamente el mundo rural leonés, como el del resto de la Comunidad o el país, sabrá que los verdaderos criterios para mantener el ferrocarril en condiciones dignas deben ser criterios de carácter social. Tan sencillo como que ya se han dado casos de localidades que han quedado expuestas a la incomunicación más absoluta. Se trata de conocer los casos de personas mayores (la mayoría de nuestra población rural) que no tendrán un acceso público a la atención sanitaria; o estudiantes que se verán expulsados de su casa en el pueblo porque ya no pueden plantearse ir y volver en el día a su centro de estudios.
Son sólo algunos ejemplos. Pero ejemplos muy reales, por desgracia. Las decisiones impuestas y las que están anunciadas y por aplicar acaban de firmar una sentencia de muerte definitiva sobre las localidades rurales, ya asfixiadas por la falta de proximidad de servicios básicos. Que ahora los trenes pasen de largo, o que se detengan a horas intempestivas e inútiles para los habitantes, es el culmen de la emigración de las familias y la cúspide del envejecimiento. El punto y final.
Como alcalde que vive en un pueblo que pierde su estación, como diputado provincial, como vecino, llevo semanas hablando pueblo a pueblo con familias leonesas y bercianas que conocen bien su condena. Ni siquiera quienes están resignados a que vivir en el pueblo signifique tener a desmano el comercio, el médico, el maestro, la atención social, las nuevas tecnologías o la cultura son capaces de asumir este varapalo final de perder su última conexión real con el mundo. Por eso, me ha conmovido ver protestas surgidas espontáneamente en varios puntos de la provincia, con la activa participación de mayores y jóvenes, padres, abuelos, hijos y nietos. Todos a una, como pocas veces he conocido en esta provincia.
Hoy jueves, El Burgo Ranero recoge el testigo de Barrientos y La Granja de San Vicente, y las víctimas de la pérdida del tren volverán a gritar, cada vez más y más alto, contra su pérdida de futuro. Los afectados me han preguntado muchas veces qué pueden hacer para impedirlo. Y sólo se me ocurre darles una respuesta: que su voz se oiga. Tiene que entrar como un grito único y firme en los lejanos despachos de Valladolid y de Madrid donde se toman decisiones sin corazón ni cerebro, sólo con una calculadora en una mano y una tijera en la otra.
Tenemos que hacerles ver que somos ciudadanos como cualquier otro, como aquellos que van y vienen en AVE, que disfrutan de los aeropuertos, que disponen de autobuses y autovías. Que todo esto se ha hecho también con los impuestos que pagamos como ciudadanos de primera y que nos quieren devolver como si fuéramos de tercera, que tenemos los mismos derechos a que esa aportación revierta en nosotros mismos en igualdad de condiciones. No por estar más lejos ni por haber soportado vivir con menos pueden pensar que estamos dispuestos a dejarnos morir desangrados, sin comunicación pública y digna, sin lo más básico.
En la provincia más fluvial de España sabemos mucho de ríos. Y el ferrocarril es como ellos: los cauces principales sin sus afluentes, grandes o pequeños, no son nada, están abocados a desaparecer. Desecar las pequeñas fuentes que los nutren y dan vida acabará con todo. Nuestra obligación es impedirlo.