TRIBUNA
Del vino y de las leyes

La memoria tiene un algo de caja en la que guardamos los recuerdos de los años sin orden ni concierto alguno. Sin criterio aparente, sin motivo cierto, unos momentos se salvarán en ella, otros naufragarán para siempre en el olvido. Uno de estos recuerdos de mi infancia —que sin llegar todavía al sepia, ya es memoria de colores desleídos, de brillos a destiempo—, reúne en cuatro o cinco imágenes, aquellos partidos de fútbol del Torneo Garrafón. Tardes de fútbol, de pantalones cortos, de siempre riendo y corriendo a todos lados. El tal torneo se jugaba en el Prao Palacio —así se llama el campo de fútbol de mi pueblo, nombre evocador y sintético donde los haya— y los equipos principales —algo así como el Madrid y el Barsa de Benavides— eran la Peña El Moco y Los Ocho Caños. Yo animaba a la Peña El Moco, porque en ella jugaba mi tío Javier.
El trofeo era un garrafón de vino. Garrafón que presidía todos los partidos y que desencadenaba el júbilo y la euforia en el equipo ganador hasta el punto de que, francamente, no creo que ganar la Champion provoque tanta alegría, como la que concitaba aquel garrafón paseado en alto en vuelta de honor, como la mejor de todas las copas.
Hoy en día un torneo así sería inconcebible. Se echarían encima de organizadores, jugadores y aficiones todas la «autoridades» que uno pueda imaginar, comenzando por las sanitarias y terminando por esos que se colocan en algunos cruces para hacernos soplar. Pero si fuera por estas «autoridades», no sólo nos perderíamos el Torneo del Garrafón, sino que Platón, por ejemplo, tampoco habría escribir su Banquete y nos perderíamos una de las obras fundamentales de nuestra historia intelectual.
Cada vez que uno de estos políticos que tanto se preocupan por nosotros aparece diciendo lo de que «hay que beber con moderación», como un acto reflejo, recuerdo un pasaje de El Banquete. En este diálogo, Platón narra y nos traslada a la cena a la que asistieron unos cuantos amigos, entre los que se encontraban Apolodoro, Agatón, Erixímaco, Alcibiades y el mismísimo Sócrates. Después de la cena, acordaron dar cada uno un discurso sobre qué era o dejaba de ser el amor. No descuidaron el vino, pues eran conocedores de que en ocasiones la ebriedad propicia la sabiduría y la comprensión. Llegado un momento de la reunión, Alcibiades, cómodamente tumbado, hizo la siguiente observación:
Bien, señores, me parece que, efectivamente, estáis sobrios. No se os puede consentir, sino que hay que beber, ya que en ello hemos convenido. Me elijo, pues, a mí mismo como director de la bebida, hasta que vosotros hayáis bebido lo suficiente. ¡Ea!, que me traigan, Agatón, una copa grande, si hay alguna. Mejor dicho, no hace ninguna falta. Trae, esclavo, aquella vasija de refrescar el vino —dijo al ver que tenía una capacidad de ocho cótilas—. Una vez llena, la apuró él primero y luego ordenó llenarla para Sócrates.
Ocho cótilas, sí, habéis leído bien, ocho, esto es: algo más de dos litros. La apuró él primero y luego ordenó llenarla para Sócrates. Si no lo leo, no lo creo. Qué les dijeran a estos que bebieran con moderación.
Nuestros políticos son tan malos que lo único que saben hacer es legislar. Un gobierno se felicita por el número de leyes aprobadas, como si aprobar leyes fuera todo un logro. Cuando, en realidad, cada ley que se aprueba supone un fracaso de la civilización y de la convivencia. Se legisla mucho y se legisla mal. Se legisla mal, en primer lugar porque estos señores ni siquiera saben redactar. Propongo como ejercicio comparar la claridad expositiva y sistemática, incluso elegante, de nuestro Código Civil —heredado de Napoleón— con el barrullo y confusión gramatical y mental de las leyes o cualquier otro tipo de normas, con las que nuestros políticos nos condenan cada día.
Pero además de mal, se legisla mucho. Un exceso de legislación puede ser uno de los mayores enemigos de la democracia y de la libertad. Un exceso de legislación acaba convirtiendo un régimen de libertades en una democracia totalitaria. Totalitaria en el sentido de que se entromete y regula todos los ámbitos del individuo, violentando incluso sus creencias y sus hábitos cotidianos y privados. Es aterradora la voracidad con la que se inmiscuyen en nuestras vidas. No les basta con meterse en nuestros bolsillos.
No deja de sorprenderme que, tan dados como somos a traer a colación los Derechos Humanos —vengan o no vengan a cuento—, para argumentar cualquier discusión, también las tabernarias, hayamos olvidado que la primera generación de Derechos Humanos surge en el entorno de la Revolución Francesa, precisamente para dar respuesta a la terrible desproporción existente en la relación entre el individuo y el poder. Efectivamente, en esta primera generación, los Derechos Humanos, se conocen como derechos negativos, puesto que lo que pretenden es delimitar un espacio privativo del individuo, en el que el poder político nunca pueda entrar ni inmiscuirse. Son los derechos de las libertades, los que sancionan un espacio propio de cada ser humano en el que ningún poder tiene derecho a intervenir. Marcan los límites de la intervención del poder. Por desgracia, tengo la sensación que aquella Declaración de 1789 es papel mojado, pues no queda resquicio ni momento privado en nuestras privadas vidas, en el que el poder político, a través de sus tentáculos normativos, no meta sus narices. En este sentido me atrevo a decir que cada vez somos menos libres, que nos queda menos espacio no regularizado.
Me encuentro, estos días en la prensa, dos noticias, que desde extremos opuestos, vienen a confirmar este afán regulador, que es común tanto a las democracias occidentales como aquellas otras más dudosas y bolivarianas.
En Venezuela, uno de los países más ricos del mundo, el insaciable apetito de convertir todo en público —este celo no pensemos que nace de la creencia de que lo público es éticamente mejor, no, es más sencillo, es porque lo público cae bajo el control del gobernante, no nos engañemos— está llevando al país al desabastecimiento. Prueba de ello es que la Iglesia Católica Venezolana ha lanzado la voz de alarma, ante la crítica situación de que sus reservas de vino para consagrar y de hostias se están agotando, por las dificultades para encontrar materias primas para elaborarlos (mientras escribo estas palabras, se me cuela la última ocurrencia de Maduro, que anuncia que creará fábricas de preservativos para evitar embarazos precoces).
Sin ir hasta el Caribe, aquí mismo, el Gobierno estudia multar a los padres de menores que sufran varios comas etílicos por la ingesta de alcohol. Aunque nunca he padecido uno de estos comas etílicos, lo supongo bastante desagradable y suficiente castigo. Pero volvemos a lo mismo, al Boletín Oficial del Estado, como solución para todo. No creo que la solución a este problema sea multar a los padres. Pero claro, cuesta menos prohibir que educar. Cuesta menos, en el sentido de que exige menos esfuerzo y mucho menos talento (del que por otra parte, presupongo, carecen nuestras clases dirigentes). En este sentido sí, cuesta mucho menos, porque en el otro, sin duda, no educar, desatender la educación de las nuevas generaciones, a corto, medio y largo plazo siempre saldrá mucho más caro para una sociedad.
Señores políticos, les pediría que no se preocuparan tanto por nosotros y que regularan con moderación. Por el bien de todos.