TRIBUNA
Esperanza a tope

Quien suscribe ha regresado hace unos días de visitar tierras austriacas. Pocos días antes, una gota fría y el deshielo alpino se habían aliado para que las aguas se salieran de sus madres devastando sin piedad todo lo que encontraban a su paso. Por tan sólo cinco centímetros, la corriente del Salzach no allanó la morada que fue de Mozart, o la más suntuosa de Von Karajan en la otra ribera del río, inundando el centro de la hermosa ciudad de Salzburgo. A los pocos días de la catástrofe, las aguas desmadradas se tranquilizaron y regresaron resignadas a sus cauces. El trabajo abnegado de los austriacos hizo el resto para que todo volviera a la normalidad. Tan sólo unas líneas de demarcación y el testimonio de los damnificados informaban sobre el punto más elevado que alcanzó el líquido elemento. Y en esa normalidad destaca el profundo respeto que allí se tiene hacia lo público y cualquier hecho cultural que lo acompañe. Luego, regresas a casa, y el chapuz. Comparar los aseos del más modesto restaurante austriaco con los de la estación de autobuses de Salamanca, por ejemplo, es confrontar el regusto con el vómito, la decencia con el asco, pues no otra cosa produce tan inmunda estancia salmantina.
Los méritos hispanos van por otros derroteros. Cuando mi buen amigo Dieter Messner me preguntó: «¿Qué tal por España?» Respondí: «Qué quieres que te diga y no sepas. Somos los primeros del mundo en pelotazos (con y sin balón por el medio); somos los primeros del mundo en manotazos (con y sin pelota por el medio); somos los más rápidos del mundo a la grupa de dos ruedas impulsadas por motores japoneses; y otros portentos y hazañas deportivas. Pero no podemos decir lo mismo en juegos de cabeza. «No seas tan pesimista — me regañó—, en España ha habido y hay también buenos cerebros». Sí, le respondí, pero, para los efectos, es como la respuesta de un cochero sevillano al turista inglés que le advertía sobre preclaras mentes hispanas: Cervantes, Goya, Cajal, Picasso, etcétera: «Pue(s), no conosco a eso(s) mae(s)tro(s), deben ser banderillero(s)». Deporte y toros. El español subordina su masiva indigencia cultural al espectáculo de masas, como el fútbol y otros narcóticos sociales que funcionan admirablemente como idiotizadores. Y los que mandan secundan todo lo que pueden para el bien de sus propios intereses.
De vuelta a esta mi ciudad mesopotámica, comprobé que los hados no me habían sido favorables. El premio sobre Libro de Cuentos de la Fundación Monteleón se fue a parar con viento fresco a la villa y corte. Es verdad, nadie es profeta en su tierra. Me fui a la cama triste y desesperanzado. Ni siquiera la presuntuosa y cacareada noticia, orgullo rancio de ser declarada nuestra tierra por la Unesco cuna del parlamentarismo europeo, escrita allá por el siglo XII, conseguía levantarme el ánimo. Porque, contra todo optimismo, abruma cualquier esperanza que sea la misma tierra que pisamos donde se muere más que se nace y, por consiguiente, conlleve la desertización cultural, juvenil y científica.
Lo que sí, de verdad, me ha levantado el ánimo vacío llenándolo de esperanza, es haber visitado el Palacio de Canedo. Siendo leonés nacido en León, de madre zamorana, padre salmantino y abuelos bercianos, esto es, leonés integral, confieso tener gravitando sobre mi conciencia el pecado de no haber estado hasta ahora en lugar tan extraordinario asentado en nuestro territorio. La indulgencia bondadosa de mi tocayo José Luis Prada, su artífice, me lo ha perdonado sin exigir a cambio ninguna penitencia. Tampoco tan excelsa casa necesita de mi miserable elogio. Ha sido con motivo de la entrega de los quintos premios de la Fundación Prada a Tope, magnífica idea para armonizar la lealtad al ayer con los adelantos e innovaciones del presente. Y el Palacio es el paradigma claro y hermoso, el espejo de la concordancia que puede y debe haber entre tradición y funcionalidad, entre el respeto al pasado y aceptación de la modernidad.
Al estrechar la mano generosa de mi tocayo les aseguro, amigos lectores, que he sentido en ese instante feliz unas vibraciones inefables recorriéndome el cuerpo hasta el corazón. Debe ser el duende que habita esos dedos sencillos, pero trasmisores de pujanza, energía y dinamismo. Ante panorama tan oscuro como el que estamos viviendo, en que todo se traduce en pesimismo y desesperación, le pido a los dioses ?y pluralizo no siendo que habiendo más de uno los otros se enfaden?, en mi nombre y en el de ustedes, allegro con brio ed apassionato , que la naturaleza genere hombres como José Luis Prada. Fuera de cualquier caudillismo, no muchos, con unos pocos, basta. Hombres que mantengan viva la llama de la esperanza. Pero no esa esperanza coloreada de «brotes verdes» y similares «vamos por el buen camino», que levantan falsas expectativas; la «cochina» esperanza de la que hablaba Jean Paul Sastre. Ni esa otra esperanza, con nombre de ex ministra y ex presidenta de una comunidad que, en verdad o en mentira, confundió al escritor Saramago con una excelente pero inexistente pintora. Ni esa otra esperanza no menos mentirosa en la práctica, plasmada en la imagen de «todos remar en el mismo barco», donde la inoperancia de gobierno condena al naufragio a los pobres remeros. Ni aquella otra del tiruriru de las verbenas que no sabía bailar chachachá. Sino esa otra esperanza fundamentada en el trabajo y en la honestidad que nos acompaña a la cama con la conciencia tranquila y el deber cumplido, a solaz de dulces sueños y abrigo de pesadillas. Esa esperanza apetitosa, como los pimientos y caldos señeros de Prada a Tope.