Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Een 1956, Álvaro de la Iglesia tituló “Todos los ombligos son redondos” uno de sus mayores éxitos de ventas. ¿Lo son realmente? Sí, pero achatados por los polos, como la Tierra, que no es un círculo perfecto, ni falta que hace. Creerse el ombligo del mundo es uno de esos efectos de la vanidad, individual o colectiva, que propician el trastazo. “Umbilicus orbis terrarum” decían ya los romanos, en un topmanta de otra expresión griega anterior, ambas en referencia al santuario de Delfos. En fin, lo de creerse el centro de todas las importancias viene de antiguo. Las Juventudes Leonesistas reclaman que la ciudad muestre más y mejor su ombligo medieval, ahora que la Unesco ha reconocido que León es la cuna del parlamentarismo. Tienen razón, pero tenue es la línea entre el legítimo orgullo y el chusco autobombo. Se preguntan en un comunicado por qué se expone en el Palacio del Conde Luna una muestra dedicada al arte de los indios Makah, en una sala que -consideran- debía estar destinada a exhibir nuestra solemne historia. La respuesta es fácil: las piezas se exponen en un espacio cedido en su día a la Universidad de Washington, ubicada en Seattle. Hay otra de más peso: los españoles figuramos entre los rostros pálidos que llegamos a poblar aquellos lares, en los que ya vivían los Makah. Lo extraño es que esta institución académica hubiese programado una exposición sobre navajas de Albacete.

¿Lo nuestro, lo suyo, aquí, allá? No nos empequeñezcamos. Contemplar esta exposición en un centro dedicado parcialmente al Reino de León nos ayuda a ampliar nuestra mirada sobre nosotros mismos, pues el ombligo propio es ágora de reducido aforo. Ninguna sociedad puede crecer alimentándose sólo de su pasado como plato único. Lorca se impregnó de jazz y Whitman en su visita a New York. Su creatividad salió reforzada. Europa hizo a Henry James y a Elliot.

Sí, todos los ombligos son redondos, incluidos los que tiran a cuadrados o los romboidales, estén ocultos bajo cota de malla o a la fresca. Sí, nada nuevo hallamos bajo el sol. En 1885, escribió el jefe indio Seattle, de la tribu de Suqwamish, al gran jefe blanco: “Después de todo, puede que seamos hermanos”. Y si no lo somos, deberíamos serlo.

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