Diario de León

TRIBUNA

Adiós a nuestra amiga Concha García Campoy

Publicado por
antonio colinas poeta
León

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Fue una dura tarde la de la noticia de la muerte de la periodista Concha García Campoy en Valencia, al otro lado de la mar de su isla, de nuestra isla. Cuando me comunicaron la noticia desde el Diario de Ibiza, mi memoria voló rapidísima hacia la primera vez que la vi. ¿Por qué? Acaso por el carácter remoto, esencial, de nuestra amistad. Fue en el otoño de 1977, cuando nosotros llegamos a la isla. O acaso fuera en la primavera de 1978. Concha solía estar leyendo, en sus días de vacación, en la terraza del restaurante y la cafetería que tenían sus padres junto a la mar.

Yo descendía desde la calle de Al Sabini con mi hija Clara, que apenas tenía un año. La sacaba a pasear y luego nos sentábamos en aquella misma terraza. Creo que éramos los primeros clientes del día. Yo también me ponía a leer, o a escribir. Concha era todavía una estudiante de periodismo en Barcelona, aunque muy poco después, en 1979, ya estaba trabajando como locutora y dirigiendo un programa en Radio Popular de Ibiza. Al año siguiente, en 1980, acabó la carrera y regresó a trabajar a la isla. Publiqué por aquellos días los poemas de Astrolabio, el libro que había venido a escribir a la isla.

Por entonces, me hallaba beodo de clasicismo mediterráneo y, en un momento de osadía, le dije a Concha que me parecía una mujer surgida de la Odisea, porque acaso su figura me recordaba las de las esbeltas y serenas mujeres que John Flaxman había dibujado para ilustrar la obra de Homero. Lo andaluz, lo catalán y lo ibicenco habían creado en ella esa figura que yo ensoñaba, pero que sin duda ella era en realidad: una mujer ilustrada del Mediterráneo.

Me viene ahora a la cabeza –entre otras muchas– la entrevista tan especial que le hizo tempranamente en la radio (¡y el revuelo que se armó!) al filósofo Antonio Escohotado, residente por entonces en la isla y uno de los miembros del grupo de traductores que nos reuníamos los lunes en el Teatro Pereira y en la librería ExLibris.

Eran también los días en que coincidimos en el comité organizador de las inolvidables Jornadas Culturales del Fomento de Turismo. Recuerdo especialmente la que se dedicó un año al cineasta Pier Paolo Pasolini, pero también la que se organizó en 1982 sobre los medios de comunicación españoles.

Invitamos en esta ocasión a lo más granado del periodismo de aquellos días, desde Fernando G. Delgado, que entonces trabajaba en Radio Nacional, a Juan Luis Cebrián, director de El País en aquellos días. (Antes de la celebración de este encuentro la noticia ya se había difundido fuera de la isla y fueron varias las personalidades que llamaron deseando ser invitadas. Recuerdo, en concreto, al editor Carlos Barral, que acudió.)

Fue durante estos días del Encuentro cuando los presente, a Concha y a Fernando, en la Sala de Sa Nostra y, aquella tarde, continuamos nuestra conversación en mi casa, ya en Can Furnet. Ninguno sabíamos entonces que Fernando iba a ser una persona decisiva en la trayectoria de Concha como periodista. Él supo vislumbrar enseguida –con su bondad, con su bonhomía, con su sensibilidad de periodista, novelista y poeta– la valía de ella. Pronto la vimos en la Televisión de Baleares y, muy poco tiempo después, ¡con sólo 27 años! llevando un Telediario en la TVE de Madrid.

A partir de ese momento, su carrera como periodista, como persona libre y amante de la libertad, fue meteórica. Pasó por los medios radiofónicos y televisivos más sobresalientes, ofreciendo siempre en ellos su inteligencia y su estilo, su voz inconfundible, su valía. Y hasta muy pocos días antes de tu enfermedad. Contra ella luchó con denuedo y en algunos correos que nos cruzamos estos meses últimos, cuando ya estaba en esa lucha, me pareció que su sensibilidad se había acrecentado de una manera muy tierna, brillaba de una manera más especial.

Recuerdo también ahora el libro Ibiza/Eivissa, que escribimos los dos y que editó el Ayuntamiento de la ciudad, con las espléndidas fotografías de José M. Díez. Cuatro lugares emblemáticos de la isla habían sido declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y a los dos nos pidieron que fijáramos en ese libro lo más esencial de la isla.

Recuerdo la generosidad de Concha cuando nos hicieron el encargo, pues ella me dijo que era yo el que debía centrarme en los contenidos del libro; pero esta obra nada sería sin su colaboración, sin su «Paseo Romántico», que va al frente del mismo.

Y vienen luego estos últimos años, los encuentros en Madrid, siempre nostálgicos los dos de la isla, durante las varias celebraciones palaciegas o culturales, sobrevolando siempre los pros y los contras que nos llegaban de lejos.

Pero hoy mi memoria vuela, como he comenzado diciendo, sobre todo hacia atrás, hacia muy atrás, hacia las primeras veces que la vi, hacia aquella joven estudiante que, en tiempo o días de vacaciones, leía siempre en la terraza de un café a la orilla de la mar de Figueretes. Esta imagen, imborrable, me parece hoy un vaticinio.

Su serenidad clásica, el libro entre las manos, el resplandor de la mar, aquella luz que hoy es más luz…

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