Diario de León

LA 5ª ESQUINA

Las no noticias del verano

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jesús a. courel
León

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Dice mi madre que le gustaría morir en su casa, si es posible con alguna mano amiga a la que agarrarse en esos difíciles momentos. Al rato, comenta que tampoco le desagradaría acostarse y quedarse dormida para siempre. A sus 88 años, ya ha visto morir a muchos de su generación. Y el otro día, también perdió a su mejor amiga, Antonia.

Uno de los mayores deseos de Toñina había sido el de ser maestra. Aunque no tuvo el título, se doctoró en Santo Tomás de las Ollas, donde dio clases de alfabetización a hombres y mujeres que, a finales de los sesenta, aún no sabían leer ni escribir.

Con Antonia, Purita, Carmina, Maruja y otras, formaron un grupo de mujeres de Acción Católica (vinculadas a la parroquia de San Antonio de Ponferrada, bajo la batuta del padre Beltrán), para trabajar desde aquella máxima —surgida tras el Concilio Vaticano II—, que decía que todos los seres humanos estamos llamados a ser hermanos, que se aplicara la libertad en las cosas dudosas y la caridad, en todo. A lo largo de mi vida he podido comprobar la solidez moral de estas mujeres y su compromiso con los demás, en particular con los desfavorecidos.

Desde hace un año largo, Antonia perdió la memoria. Salía poco. Mi madre iba a buscarla para dar un paseo o bien acudían a tomar algo en una cafetería, con las pocas amigas que quedaban. Otras veces, pasaban la tarde en su en casa. Como ya hablaba poco, mi madre le recordaba aquella etapa de la parroquia, donde actuar era el compromiso fundamental de la vida; cuando fueron descubriendo el sentido social de la iglesia, además de tomar conciencia de la importancia de pensar en libertad.

Le recordaba el envío de cartas anónimas al periódico, criticando las majaderías de algún político retrógrado, o al «Ventanal de la ciudad» de Radio Juventud de Ponferrada, dirigido por Suárez Gutiérrez al que enfurecían sus escritos sin firma y que a ellas les hacía partirse de risa.

Hace unos días, Antonia no tenía ganas de hablar. Tampoco atendía a los cuentos de mi madre. Y al final empezaron a cantar: «Él vino en un barco, de nombre extranjero. Lo encontré en el puerto un anochecer, cuando el blanco faro sobre los veleros, su beso de plata dejaba caer...»

Al marchar ella le dijo: Que bien si viviéramos puerta con puerta. Fue la última vez que estuvieron juntas. Antonia murió en el hospital, en paz y dignamente, aunque sola. En estos tiempos de pesimismo, de abatimiento, sirva la no noticia de la muerte de Antonia como sincero homenaje a esas personas anónimas que en su día supieron defender un espacio de libertad, fraternidad e igualdad, hoy degrado por tanto sinvergüenza... Había que hacer algo.

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