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camino gallego
León

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Por más que pienso no se me ocurre otra causa que la notoriedad para que muchas personas hagan ciertas cosas. En la actualidad hemos llegado a un punto en el que sobre todo a los jóvenes les parece que no son nadie si no salen en los medios y en las redes sociales. Y por eso muchas personas de vida anodina se crean una virtual, donde pueden elegir a su antojo y, claro está se moldean con los mejores atributos, según ellos, con aquellos que consideran que harían morir de envidia a sus conocidos o que pondría a sus pies o a su lado a la chica que les gusta o los amigos que siempre quiso tener. También los hay que son capaces de hacer cualquier locura, con tal de atribuirse su paternidad y que todos puedan saber quien lo hizo, pues consideran que serán admirados por ello. Ese creo que puede ser el origen de que en las redes sociales se cuenten tantas cosas, que pueden no importar a nadie o que tiempo después de una tragedia se conozca que el protagonista lo había avisado.

Todo esto viene a cuento de la profusión de incendios, de distinta escala, que cada verano se soporta en numerosos pueblos de España. ¿Se han dado cuenta de que la moda incendiaria va por provincias, o por zonas, o por barrios?

Los bomberos de nuestra capital salen todos los días y noches varias veces por avisos de quema de hierbas en solares o prados más o menos abandonados. A veces algún vecino les ha contado que han visto a muchachos alejarse corriendo del lugar cuando ven que llegan a apagarlo. Y suelen repetirlo poco después. Es como si apostaran a ver quien quema más antes de que lo sofoquen, o cuánto tardan los bomberos en llegar, desde que se ve el primer humo.

Una manera como otra cualquiera de matar el tiempo de las tardes y noches de verano ¿se dan cuenta de que este tipo de fuegos nunca surgen por las mañanas? Tal vez porque sus autores están durmiendo o en la piscina.

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Lo triste es que en algunos casos se les va la mano, o el viento les ayuda y al final se produce la tragedia de —en el mejor de los casos— hectáreas calcinadas, vecinos evacuados y parajes emblemáticos destruidos. La concentración humana en las ciudades también ayuda a que estos desaprensivos hagan de las suyas con bastante impunidad, al haber pocos vecinos en los pueblos o haberse dejado de cultivar terrenos menos accesibles. No hay ojos en el monte para los pirómanos, por eso sólo la colaboración ciudadana puede evitar que estos amigos de la notoriedad se salgan con la suya.