Diario de León
Publicado por
JOSÉ A. BALBOA
León

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Mientras los vecinos de Robles de Laciana se sienten atemorizados por la presencia de osos, los de La Carballeda zamorana están expectantes porque se ha avistado uno en esa comarca, de la que desapareció hace más de un siglo. ¡Nunca llueve a gusto de todos! Durante siglos los animales salvajes han convivido, con mejor o peor suerte, con el hombre, compartiendo espacios de monte. Los cuentos de tradición popular son un buen ejemplo de esta difícil convivencia. Las ordenanzas concejiles recogen con frecuencia la obligación de los vecinos de hacer batidas para diezmar al lobo, como las de Santa Marina de Torre. En Colinas (Igueña), los vecinos estaban igualmente obligados a entregar cada año a su señor, el conde de Alba de Aliste, una piel de oso y para ello hacer una montería con participación de todos. Las cuentas de los mayordomos, al menos las que he estudiado del siglo XVIII, recogen puntualmente las pieles entregadas. ¡Diezmar pero no extinguir!

Creo que esta convivencia se rompió de forma drástica en el siglo XIX por motivos que sería prolijo exponer. Los animales salvajes fueron perseguidos con verdadera saña con el ánimo de lograr su erradicación completa: la convivencia se tornó imposible. Los ayuntamientos y diputaciones contribuyeron a ello al conceder premios en metálico a los cazadores. Un ejemplo, que leí en un Boletín Oficial de Oviedo, ilustra esa persecución inmisericorde. En los años 1843 y 1844 la diputación de Oviedo pagó 34.483 reales por la muerte de 57 osos, 22 oseznos, 29 lobos, 213 lobeznos, 1655 zorros, 380 zorrillos y 84 garduñas. Las cantidades pagadas por animal iban de los 100 reales por oso a los 40 por osezno y lobo, 20 por los lobeznos, 12 por los zorros y 3 por los zorrillos y garduñas. Son los datos de dos años, pero a este ritmo no es extraño que algunas de esas especies, como el oso y el lobo, estuvieran a punto de desaparecer.

Las voces de alarma solo se comenzaron a oír en los años sesenta del siglo XX, en personas como Rodríguez de la Fuente, Castroviejo y otros conservacionistas. Primero fue el lobo, que ha logrado recuperar una buena parte de su antiguo hábitat, pese a las protestas de los ganaderos. El oso se ha triplicado en estos últimos veinte años y, al menos en la zona cantábrica donde son más numerosos, se habla ahora de más de 200 ejemplares. La protección que la Fundación Oso Pardo les proporciona ha sido un factor clave del éxito, pero también el que los osos hayan ampliado su ámbito territorial, porque esto favorece el cruce genético. En ese sentido es una buena noticia su expansión por zonas de La Carballeda. Hay riesgos, por supuesto, y la Administración debe minimizarlos, pero produce una enorme satisfacción ver cómo se recuperan especies que hemos estado a punto esquilmar completamente.

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