Diario de León

LA 5ª ESQUINA

Todo lo que era (y es) sólido

Publicado por
Jesús A. COUREL
León

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Al bajar el puerto del Pontón, hacia Oseja de Sajambre, se advierte que aunque el viaje ha sido largo y sinuoso, vengas de donde vengas, merece la pena llegar hasta allí. Entre el frondoso arbolado que enmarca el descenso, se vislumbra la majestuosidad de las peñas de este robusto paraje de los Picos de Europa, sólido desde cualquier punto de vista. Se de varios conocidos que han estado en Bali o Cancún y que nunca oyeron hablar de esta comarca, cuyos atractivos son tan solventes como los fetiches que nos colocan las agencias de viajes. Es frecuente que por cercanos no sepamos valorar ciertos lugares. No fue el caso de Félix de Martino, natural de Soto de Sajambre, que a finales del siglo XIX emigró a México, pero sin olvidarse de su pueblo natal, motivo de orgullo hasta su muerte. A lo largo de los años, al irle bien los negocios, envió dinero para mejorar las condiciones de vida de sus paisanos y, en las primeras décadas del siglo XX, los habitantes de este hermoso lugar disfrutaron de lavadero público, fuente, carretera entre Oseja y Soto, ayuntamiento, fábrica de la luz y escuela, que esta semana abrió de nuevo al público, ahora convertida en museo, modesto pero sólido.

La escuela de Soto se inauguró en 1907, dotada con el dinero que Félix de Martino enviaba a su amigo Francisco Díaz-Caneja. Para este singular sajambriego, la educación era la base del desarrollo del individuo. Por eso quería una escuela de sólida construcción que fuera la mejor de la provincia, siendo los propios vecinos de Soto los que ayudaron a levantarla. La escuela alcanzó un enorme prestigio, tanto por sus instalaciones como por la calidad de sus enseñanzas, ya que dispuso de un gabinete de física, digno de estudios superiores, cuyos objetos son hoy muestra de asombro en el actual museo.

Una de las iniciativas escolares más fecundas fue la creación de la Fiesta del Árbol, que comenzó en 1909 con una jornada donde se plantaron nogales, castaños, tilos y otras especies. Esta actividad se celebró con éxito durante catorce años, incidiendo en el cuidado de árboles domésticos y productivos. Como testigo de aquella fiesta queda un Arboretum, que ha llegado hasta hoy como muestra de lo que tiene valor; un ejemplo de lo que era sólido, como nos recuerda Antonio Muñoz Molina en su último ensayo sobre las causas de nuestro fracaso actual.

En este presente, cuando todo parece desmoronarse, les recomiendo mirar a la montaña; a ese espacio ajeno al simulacro y a la apariencia de realidad —auténtico jardín natural, reserva de la biosfera y paraíso de los sentidos—, para construir un futuro más prometedor... Había que hacer algo.

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