PANORAMA
Por qué aquí no podría ser...
Amodo de exculpación previa, diré que no soy de los que creen que lo de fuera es siempre mejor que lo que tenemos aquí en casa. Ni mucho menos. Pero sí digo que España no es Noruega, y no solamente porque tenemos la clase política que tenemos y ellos tienen la que tienen. Lo digo, claro, por ese vídeo impagable en el que el primer ministro noruego, Jens Stoltenberg, disfrazado de taxista, charlaba con los clientes que abordaban su vehículo en plan distendido y dicharachero, aceptando de buen grado críticas y reproches. Y no, no veo a Mariano Rajoy, ni a Alfredo Pérez Rubalcaba, ni a Rosa Díez, ni a Cayo Lara, ni, por supuesto, a Artur Mas, haciendo de chófer y admitiendo todo tipo de preguntas —y críticas— de los pasajeros. Pero tampoco veo, debo reconocerlo, a los pasajeros de por aquí departiendo respetuosamente con el político-conductor.
No, aquí en España no podría darse uno de los espectáculos políticos más refrescantes que he visto desde aquellas campañas próximas y llenas de vida de Obama, o desde aquellas primarias entre los socialistas franceses.
Los políticos españoles han olvidado conducir. Tantos años con chofer, secretarias, jefes de Gabinete, guardaespaldas y currinches varios han hecho de ellos unos seres individualmente poco aprovechables para eso que se llama cosas prácticas.
Los españoles no somos noruegos. Ya le digo a usted que a saber cómo habría sido el vídeo de marras si los pasajeros fuesen, por ejemplo, alguno de los afectados por las preferentes, los de Manos Limpias, los de Ada Colau, los del 15-m... o, simplemente, alguno de los viandantes indignados y cabreados que pululamos por las calles.
El sentido del humor no es lo que prima en este país malhumorado. Yo creo que las corruptelas, los abusos, la falta de sinceridad y de transparencia —mire usted lo que hemos sabido de las últimas comparecencias ante Ruz— son factores que exacerban la mala milk hispana, tan patente entre, por ejemplo, los conductores madrileños y de la que precisamente los taxistas (nacionales) suelen ser primeras víctimas y, a veces, victimarios.
Si a Rajoy, por poner un caso imposible, se le hubiese ocurrido lo de disfrazarse de taxista, le hubiesen asaltado cien asociaciones gremiales acusándole de haber falsificado el carné, los viandantes agrupados por Manos Limpias hubiesen interpuesto una querella por atentado contra la seguridad vial, los policías municipales hubiesen protagonizado una manifestación de protesta por aumento de trabajo. Y repito que habría que haber oído los decibelios de las quejas de los clientes, para no hablar de las protestas de la oposición acusando al presidente de practicar el pluriempleo y dejando en el paro a un honrado taxista.