EL RINCÓN
Al fin de cuentas
Nadie tiene un oído tan fino como para escuchar la aflicción de las patrias distantes. Parece como si solo lo cercano nos afectara, ya que la distancia viene a ser un bálsamo. Cuando nos enteramos de que el «viernes de la ira», que va a durar muchas semanas, produjo decenas de muertos, nuestro estremecimiento es idéntico a si hubiese ocasionado veinte más o menos. Nuestro umbral de percepción tiene unos límites muy precisos, que no desbordan fronteras. Algo parecido ocurre cuando nos dan la noticia de que ha muerto una persona que conocíamos, no un amigo, que de esos hay menos, ni un «saludado», que de esos hay muchos, sino de un conocido más o menos borroso. La persona que nos da la triste noticia, que ciertamente nos ha sorprendido, nos dice que el óbito sucedió hace meses y el pequeño dolor se atenúa. Para sentirlo, aunque en variable intensidad, necesitamos muertos en caliente. La sucia violencia que desborda a Egipto, que se está reprimiendo a tiro limpio, puede acaba en la peor de las guerras, que es la llamada civil. Solo ha tenido un defensor, aparte de todos los que la ganaron, era un príncipe georgiano de apellido imposible, tan largo como su cinismo. Decía que todas las guerras son estúpidas menos las guerras civiles, ya que en estas te cargas a gentes que conoces perfectamente y que te vienen incordiando desde hace años.
Es pronto para echar cuentas porque la represión a los islamistas no va a tener fin y la coalición que apoyó el golpe militar se ha roto, mientras El Cairo extiene sus sangrientas sucursales a otras ciudades.
«Alá hará que se cumpla nuestra venganza», gritan los imanes en las mezquitas.
Siempre complicamos a los dioses en nuestras querellas. Queremos que estén de nuestra parte, aunque no haya tenido a menor participación en la matanza. A fin de cuentas solo los vencedores tendrán razón durante un tiempo, hasta que se la quiten los vencidos. Todas duran un siglo, más o menos. Tres generaciones, más bien más que menos.