EL RINCÓN
Cifras buenas, con matices
Hace bien el Gobierno en enseñar las excelentes cifras de las exportaciones, el turismo y el déficit comercial porque son casi lo único bueno que puede presentar. Y hace bien, además, en ocultar, las sombras de esas luces, porque ya las sacarán otros. Pero como hacen todos los gobiernos, sean del signo que sean, se apuntan las victorias como si fueran suyas. Hay que alegrarse de que algo vaya bien, pero hay que matizar qué parte es responsabilidad del Gobierno y qué otra se ha encontrado en el camino gracias al impagable papel de algunas empresas.
El potencial exportador español se debe fundamentalmente a la necesidad de las empresas —las de verdad, las que están en manos de emprendedores sólidos— de hacer frente a la caída en picado de la demanda interna. Es cierto que las exportaciones de otros países como Alemania o Francia han crecido menos que las españolas, pero es que el punto de partida era muy diferente.
Esa debilidad de la demanda interna, del consumo nacional, explica la tremenda caída de las importaciones y, junto con la mejora de las exportaciones, las buenas cifras del déficit comercial. Eso es enormemente positivo, pero no indica para nada que estemos saliendo de la crisis.
Algo parecido podríamos decir del turismo, nuestra gran industria nacional. Mejoran las cifras, pero seguramente influye la situación de destinos como Grecia, Turquía, Africa o Egipto. Sin sus crisis, vendrían menos turistas. Y, aunque mejoran las cifras, se resiente la oferta de calidad. Tenemos excelentes hoteles, playas únicas, una gran restauración, grandes posibilidades en el turismo cultural o verde, pero en ocasiones los profesionales que atienden algunos de estos establecimientos tienen un importante déficit de formación, que, a veces se suple con la simpatía, y otras no. El turismo es algo muy serio y habría que exigir a las Administraciones y a los empresarios un esfuerzo.
Visto lo visto, no se si pedir a la Administración un plan de calidad para el sector exportador y el turístico o, por el contrario, exigirles que no hagan nada, no sea que vayan a estropear los «brotes verdes».