TRIBUNA
Ignorancia deliberada o memoria selectiva
En esto del conjunto organizado de conocimientos que los humanos tenemos sobre las cosas, a lo que llamamos saber, nos tropezamos hoy en España, según mi leal saber y entender, con distintas especies: a) los que nada saben u, ocupando altos cargos, fingen no saber; b) los que no quieren saber nada; c) los que dicen saber de todo, pero que no tienen ni idea o muy equivocada de lo que manejan; d) los que verdaderamente saben de cosas puntuales. Los primeros son los tontos o se hacen pasar por tal en determinadas circunstancias que pueden afectarles negativamente. Los segundos son los pasotas o simplers espectadores que sueltan: «a mí no me cuente usted su vida, yo también he sufrido mucho». Los terceros son los metidos a políticos, ejercicio al que cualesquiera vale aunque no sirva para nada. Los cuartos son los científicos, sabedores de aspectos específicos del saber. Estos últimos, después de haber sido formados a costa del erario, están abocados al empleo precario o desaprovechados, viéndose obligados a practicar su saber fuera del país por no encontrar en él digno acomodo laboral.
Me interesan los primeros y dentro de ellos especialmente los que se hacen pasar por zotes, es decir, los vivillos sujetos a ignorancia deliberada o desmemoria selectiva. Ante una serie de corrupciones y catástrofes financieras por lo que está atravesando el país, altos directivos o individuos de la clase aristocrática y política dicen no saber nada respecto a responsabilidades contraídas en estos desafueros, con disculpas como: «la responsabilidad no estaba en mí…»; «cumplía órdenes…»; «es fruto de las circunstancias…»; y más respuestas evasivas para eludir cualquier implicación. La infanta Cristina nada sabe de los tejemanejes lucrativos del marido sumado a la total amnesia sobre los propios. Los directivos del Banco de España estaban alegremente en Babia contando ovejas mientras se fraguaba la estafa de participaciones «indecentes» y deuda «insubordinada». Un tal Blesa, Rato y compañía tampoco sabían nada del buque financiero en que se hundía Bankia con todos los ahorradores metidos dentro de sus camarotes de tercera clase. Cospedal, Cascos y Arenas ignoran todo sobre donaciones anónimas a su partido político en una presunta contabilidad B del PP. Los gestores y consejeros de las cajas de ahorro en bancarrota tampoco sabían nada mientras se metían en el fango inmobiliario, a cuyo entierro nadie les había llamado a poner velas. Y, para mayor desvergüenza, toda esta cuadrilla de ignorantes compulsivos, que han llevado buena parte de la economía española al desastre, no han tenido escrúpulo en autopremiarse subrepticiamente con sueldos, sobresueldos o prejubilaciones de verdadero escándalo. Y luego salir de su normal ineptitud en la función política hacia puestos directivos en empresas públicas o privadas dando «sabios consejos»; o, por mejor decir, para que su soldada no enflaquezca y siga oronda y lironda hasta el fin de sus días. Así podemos ver a individuos al frente de puestos de responsabilidad, tales como el Consejo de Seguridad Nuclear, sin tener ni pajolera idea de la fusión del átomo.
¡Qué tiempos aquellos, donde el socrático «solo sé que no sé nada» conllevaba, no ya una respuesta de severo trato policial y leyes mucho menos laxas, por las que una simple reunión clandestina implicaba 12 años de icómoda cárcel, sino brutales collejas de por medio en las comisarías! Como ocurrió implícitamente en aquella respuesta ante el juez de un comandante de puesto de la guardia civil sobre individuo remiso a confesar posible delito: «Sometido a un procedimiento expeditivo y convincente de nuestro cuerpo, el declarante confesó haber sido él el autor del robo». O aquello que me contaba mi colega Basilio Losada de su madre inquiriéndole siendo niño sobre unas monedas encontradas en el bolsillo del pantalón. De nada le sirvió a Basilio su reiterada negativa. El «trato experto» al que le sometió la mamá hizo que confesase la procedencia, no otra que como propina había embolsado por informar a los robustos teutones de la Legión Cóndor sobre los burdeles en los aledaños de la Plaza del Grano, descanso del guerrero tras haber sembrado de bombas a la rojería desperdigada por los puertos de Tarna o de Somiedo. ¡Aquellos sí que eran óptimos procedimientos para encontrar la verdad! Y no como ahora, donde los propios jueces corren el riesgo de ser juzgados si apuntan por elevación y alcanzan a los intocables, en esta farándula de que todos somos iguales ante le ley.
Puestos, pues, en la disyuntiva de saber o ganar, es preferible negar lo primero para conseguir lo segundo. Lesmes, miembro del partido político al frente de una Comunidad Autónoma está desesperado porque su hijo ha finalizado los estudios secundarios y no desea continuar. ¡Ah!, ¿con que no quieres seguir estudiando?, pues te vas a enterar de lo que vale un peine. Acude Lesmes a Manolo, un amigo caporal del partido pidiéndole un empleo para su hijo. Nada más sea para que recapacite y no se pierda haciendo el maula por la calle. El amigo le consigue un empleo de asesor de la comisión de salud. Unos 4.000 al mes. ¡Pero eso es una barbaridad!, desaprueba Lesmes. A los pocos días Manolo le consigue un puesto de secretario privado de un diputado, con 2.500 al mes. ¡No, Manolo, no me has entendido! Lo que quiero para mi hijo es que sienta la necesidad de continuar estudiando, si entra ganando ya un buen sueldo, desistirá. Al día siguiente el conseguidor le ofrece un puesto de ayudante del encargado del archivo, aunque el sueldo es muy bajo, unos 1.500 mensuales, ¡Coño, que no, Manolo! ¡Por favor! Consíguele algo más modesto, de unos 700 o así. Con eso no hay duda que le entrarán ganas de estudiar.¡Ay, amigo, pero eso es muy difícil! ¿Por qué? Pues, verás, Lesmes, es que cargos con ese sueldo son necesariamente por oposición, título superior, doctorado, un buen currículum, masters, experiencia....¿me entiendes tú ahora?
Moraleja: dice el proverbio que «el saber no ocupa lugar». Es verdad. Pero no saber, también tiene su rinconcito. Quien finge saber, aunque no sepa, no está más tocado de soberbia y desvergüenza del que, sabiendo, finge ignorar.