PANORAMA
La lección del COI
Dicen que Heráclito, el filósofo efesio, dejó dicho que «no es mejor que sucedan a los hombres cuantas cosas quieren». También se ha dicho siempre, al menos lo hemos oído quienes tuvimos abuelos sabios, que hay que estar dispuesto para aprender de cualquiera una lección. Las dos ideas vienen al pelo para interpretar lo sucedido el pasado sábado en Buenos Aires, ahora que tenemos cierta perspectiva y hemos salido del estupor al que nos expuso un triunfalismo algo temerario para aterrizar en esta decepción que es al mismo tiempo una cura de humildad. No es quien esto escribe proclive a reconocerle al COI una excesiva autoridad en ningún ámbito. Ni siquiera en ese que supuestamente le pertenece y que tiene que ver con la decisión que tomaron en la capital argentina para su sarao de 2020. Muchos Juegos Olímpicos han sido un fiasco y, sin retroceder mucho en el tiempo, en 2004 le dieron el caramelo a Grecia (que se arruinó en el empeño, manifiestamente por encima de sus posibilidades) y en 2008 a Pekín (que sí, el numerito inaugural lo hicieron muy espectacular, pero es, entre otras cosas, una de las ciudades más inhabitables del mundo). Por tanto, que el COI te elija o no es algo que en sí mismo no dice gran cosa acerca del país y la ciudad que son ungidos o rechazados
Ahora bien, incluso el veredicto de este desacreditado tribunal es susceptible de proporcionar una enseñanza, si uno quiere recibirla, y no cabe duda de que aquí hay una y bien incuestionable: nos metimos en un fregado del que no manejábamos los resortes, lo apostamos todo y salimos trasquilados. La lección es clara: nunca más
No digo que descarte Madrid para siempre el sueño olímpico. Lo que no tiene sentido es volver a plantearlo de este modo, a la desesperada por una parte y con la cándida confianza del «relaxing café con leche» por otra. Esto es más complicado que eso, y Madrid 2020, al final, ha sido como ese alarde del mal estudiante que escribe cualquier cosa en el examen, por no dejar las preguntas en blanco, creyendo ingenuamente que eso le servirá para salvarse, y que después de todo suspende igual. No hay mal que por bien no venga, y aquí es donde procede recordar a Heráclito. Con sus Juegos perdidos, Madrid ha hecho no obstante un esfuerzo en infraestructuras que ha optimizado su tejido urbano (mucho más moderno, eficiente y ecológico, por ejemplo, que el de Barcelona, que sí sedujo al COI). Si los dueños del cotarro olímpico no lo quieren, utilicémoslo para otra cosa. Y a ser posible, más consistente, más duradera y más de los madrileños que la fugaz franquicia televisiva de los astutos oligarcas que manejan el legado del barón de Coubertin. Lo que le hace falta a Madrid es un relato que lo reivindique en lo que vale. Y seguramente, otros que se ocupen de contarlo.