AL TRASLUZ
Todo es ponerse
El miércoles un colega de estas páginas de opinión me preguntó: «¿De qué vas a escribir el viernes?». Le adelanté: «De un multimillonario italiano, su mujer y un caballo semental». Me dijo: «Pues nada, nada, que le saques chispa». Pero dado lo inflamable del material lo difícil no es sacarle la misma sino que ésta no termine incendiándote el estilo. Don Danielle, responsable de Antibióticos, es un caballero italiano con un aire a Eduard Punset en versión extendida. A su señora la conocíamos de la televisión, y podemos decir que salta a la vista que no necesita antibióticos, pues parece muy saludable. Su programa trataba sobre mujeres ricas que salían cada día a comprar en tiendas de lujo. No me suena que el reality recibiese algún premio Grammy, pero eso no significa nada, pues tampoco a Borges le concedieron el Nobel. Según hemos podido leer, el matrimonio ha tenido broncas domésticas que terminaron con presencia policial, cruce de denuncias, las gafas de él por los aires, y esas situaciones más propias de una película de Sergio Leone. «Discutimos como todas las parejas», explicó ella en una intervención telefónica durante otro programa, para quitarle hierro. Hombre, sí, pero un poco más alto. Uno pensaba que don Danielle no tendría tiempo para grescas caseras más allá del «¿dónde está mi corbata verde/tú no tienes ninguna corbata verde», entregado como le suponíamos a la salvación del capitalismo, o al menos de su propia multinacional. Pues no, visto lo visto lo que le sobra es tiempo.
Y respecto a lo del Porsche comprado por la empresa farmacéutica, cuando ya existían graves problemas financieros, diremos que la dolce vita se puede recorrer también a pie o en bicicleta. Todo es ponerse.
Antibióticos es una empresa querida por los leoneses, a la que se le desea la mejor de las suertes. Por ello, ciertas formas de banalidad nada tienen que ver con la pérdida del beneficio sino del decoro, que también cotiza. Con noticias así resulta más fácil componer una opereta que escribir una columna seria, dicho sea con el máximo respeto a trabajadores y directivos, que estarán preguntándose cómo se ha llegado a esto. A ellos la dolce vita les queda aún más lejos que la Fontana de Trevi.