PANORAMA
Libertad bajo palabra
Lo que necesita España es que la operen con éxito de las dos caderas, a ver si después de una larga convalencia puede echarse a andar. El retraso histórico se ha incrementado con el mental de nuestros gobernantes, que parece que no están en este mundo. Sería muy cruel admitir eso de cada que país tiene el Gobierno que se merece.
Ahora se está tramando una modificación clave: que el castellano, o sea el español, sea la lengua «vehicular» en toda España. Nos van a autorizar, el cabo de los siglos, a que hablemos y escribamos como siempre. Sonríe el fantasma de Gonzalo de Berceo, «poeta y peregrino, que de noche acaesció en un prado y a quien pintan los sabios miniando el pergamino». No sólo nos van a permitir que continuemos usando este glorioso «latín estropeado», sino a recibir su enseñanza en todo el país, incluso en las lenguas cooficiales de las distintas autonomías. No nos basta un solo idioma para no entendernos. La riqueza idiomática, que es un lujo privilegiado, fue ignominiosamente perseguida en otros tiempos, cuando al que hablaba en Madrid la lengua de mosen Jacinto Vergader y de Plá, le decían en los ministerios: «A mi no me ladre». De aquel horror hemos pasado a la imposición y el pobre ministro Wert, al que le viene el cargo tan amplio como a cualquiera que hubiesen elegido en ese momento, no sabe cómo arreglar lo que no tiene arreglo. Está claro que se puede ser un analfabeto político dominando varios idiomas, pero quizá sea sensato no usarlos de modo que acabemos sin entendernos. El reino de Cervantes es más grande que todas nuestras regiones y nuestros espaciosos estados a los que «les quitamos todo, pero le dejamos todo: la palabra», según Pablo Neruda. Un chileno que murió, o al que mataron, juntando palabras hereditarias. También el quería «vehicular» el mundo.