Diario de León
Álvaro Caballero
León

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Herrera empezó a irse antes de que le llegaran al mando de la Junta por línea dactilar, cuando Lucas cerró con el seis doble la partida de dominó en Quintanilla de Onésimo para convertirse en ministro del Gobierno de Aznar. Una costumbre con la que acumula ya 12 años de presidente de la Junta, como esos colegas que amenazan con marcharse para casa en la primera copa y que, al final, cuando uno se levanta a la mañana siguiente, se los encuentra en la puerta del after con media docena de churros mojados en whisky. Una fiesta que todavía no acaba, pero a cuya resaca no han tardado en apuntarse la cohorte de aspirantes que encabeza Mañueco, diabólico en sus maquinaciones de político sin otro beneficio; Silván, auspiciado por quienes consideran sus medianías como un valor para convertirse en regentes; y Medrano, de quien hasta el apellido da pistas. La terna, que sumará más nombres en menos de un año, con Villanueva y De Santiago-Juárez en la sombra para encontrar el hueco en una espalda por la que colar la mano a la que el burgalés le ha advertido de que «se pueden convertir en estatua de sal por mirar a destiempo muy adelante». Un apunte contra los propios, pues en ésta su Comunidad el PP reeditaría el mando aunque presentase de candidato a Sánchez Gordillo.

El aviso bíblico abona la despedida de un personaje frugal en sus apetitos políticos, tan irrelevante más allá de San Rafael que ni siquiera ha figurado como barón en un partido nobiliario por génesis. Un mandatario que ha dejado para estos últimos años arranques de un espíritu casi democristiano, rebelde con la dirección de Génova pero sin molestarla, que le alcanzan para descolocar los escasos recursos del PSOE autonómico. Un hombre que queda bien donde le pongan, que ha resuelto los escasos problemas con la indolencia convertida en virtud, que desaparece en esas jornadas laborales en las que da el día libre al chófer para quedarse a disfrutar de su papel de terrateniente en Burgos, que entendió que para consagrar la sumisión de León a Castilla bastaba con hablar de singularidades...

Ese Herrera devoto de la misa de nueve en la Cartuja de Miraflores, donde aprendió el lema de la Orden de los cartujos: «la cruz constante mientras el mundo cambia». Aún está en la puerta.

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