Diario de León

Publicado por
Emilio Geijo Profesor jubilado de Filosofía
León

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El tricentenario de Diderot genera una reflexión inevitable sobre el momento que vivimos y el futuro que aguarda a las nuevas generaciones. Es inevitable por los nexos de su hazaña editorial (La Enciclopedia o Diccionario Razonado de las Artes y los Oficios para una Sociedad de gentes de letras) con nuestro presente y por la notable aportación a la cultura de este ilustrado que nos convierte a todos en herederos de su razón desvivida por la libertad. Aunque no seamos franceses, le debemos respeto, gratitud y un mínimo interés por su legado. A fin de cuentas, una buena porción de nuestro saber teórico y práctico y de nuestras ideas sobre el poder político, económico y religioso son tributarias de personajes como Denis Diderot.

La más fácil analogía de la Enciclopedia con nuestro mundo bien puede ser Internet (Wikipedia) que cumple con las urgencias informativas sin mayores exigencias y, al igual que la de Diderot y D’Alembert, nos ofrece excelentes artículos junto a otros inútiles y vulgares. Lo decía el propio Diderot: «Nuestros artículos son a veces como gigantes y otras como enanos». Ambas producciones son colecciones fragmentarias de conocimientos y, en ocasiones, ideológicamente interesados. Pero, más allá de estos y otros paralelismos posibles así como de sus diferencias, cabe comparar el espíritu y la ilusión que hubo desde el principio en los promotores de la Enciclopedia con las finalidades tan heterogéneas que coexisten en La Red.

Cuando Diderot se comprometió con D’Alembert a producir y editar la Enciclopedia, no imaginaba las colosales dimensiones que adquiriría su proyecto: 18 volúmenes de texto, 10 de láminas, 72.000 artículos sobre todo lo conocido y novedoso de su época, desde la filosofía hasta los oficios, desde la poesía hasta el arte de la navegación; 21 años de trabajo que le extenuaron hasta compararse con los condenados a galeras. La Enciclopedia respondía a las necesidades informativas de un mundo nuevo, de una sociedad que presentía cambios profundos en todos los frentes: la industria, el comercio, la organización política, el papel de la religión. Cada época tiene unas necesidades que exigen tipos humanos específicos y Diderot fue ese ser excepcional que desechó el encargo de traducir la discreta Enciclopedia Inglesa de Chambers, por obsoleta, y hacerse a la mar oceánica en compañía de D’Alembert, Rousseau, Condillac, Grimm y algunos más. Lo suyo fue «gestión cultural» en toda regla: buscar y cartearse con centenares de expertos en los temas más diversos, redactar más de dos mil artículos, lidiar con los libreros, seducir a los atemorizados impresores (los hubo clandestinos), cumplir con los suscriptores… y esquivar la todopoderosa censura oficial, espoleada por jansenistas y jesuitas, que vio la Enciclopedia como lo que era: una peligrosa maquinaria… contra la intolerancia y la superstición. Los tiros fueron dirigidos a la cabeza y, a punto de salir el primer volumen, fue encarcelado en el lóbrego castillo de Vincennes. Había que ahogar la luz. A pesar de su cuidado en no soliviantar las iras de los celosos guardianes de la fe y la tradición, hubo de sortear varias prohibiciones de la Enciclopedia. Pero la considerable anchura de la razón de Diderot tenía a su favor el entusiasmo que contagiaba a los espíritus abiertos, incluso al joven y culto censor Malesherbes que llegó a poner a salvo en su propia casa los ejemplares del séptimo volumen que él mismo ordenaría secuestrar, el último lugar donde los guardias buscarían. Nada pudieron incautar y la Enciclopedia seguiría navegando en el mar de una precaria libertad hacia un futuro más luminoso y menos cruel que el presente que vivía Diderot. La modernidad nacía con la lucha contra la barbarie y con un gran proyecto que estimulaba todos los medios de conocimiento humano: ciencia, filosofía, arte. «Atrévete a saber» será el lema de la Ilustración, el único medio para alcanzar la libertad.

A nuestro presente se le denomina con un término polisémico: posmodernidad. En ese término se recogen actitudes como el desencanto y la desconfianza en el mundo ideal prometido y buscado por los ilustrados como Diderot, significa atenerse a lo dado en la vida, a los hechos, a lo habitual, a las posibilidades de todos los lenguajes. No existe la verdad racional, sino algo más complejo que integra nuestra sensibilidad y nuestros afectos. Nada hay sólido ni seguro. Todo es interpretable, relativo, «líquido» que diría Bauman. Nuestro conocimiento no está en los libros, sino en los medios de comunicación y en el espectáculo. Para saber algo de los Reyes Católicos no hacen falta tratados de historia, simplemente podemos ver la exitosa serie Isabel.

En esta posmodernidad ha irrumpido internet que ha hecho el mundo más pequeño, las operaciones de todo tipo más fáciles, la información más veloz. Su inabarcable cantidad de datos deja enana la Enciclopedia, pero ha expulsado la duda, lo cual es un mal asunto, porque «todo está en la red» y nos adentra en la creencia de que este «gran hermano» es también un «buen hermano» que nos dice la verdad y lo puede todo. Así, hemos recobrado la misma e ilusa confianza en esta tecnología que los ilustrados tenían en la Razón; tampoco ellos le ponían límites. La diferencia es que los ilustrados —la Enciclopedia especialmente— tenían el proyecto de la emancipación de todos los seres humanos, en tanto que internet no ofrece horizonte colectivo alguno porque su esencia es puro presente. En internet coexiste el crimen con las causas más nobles, la impúdica opulencia y la inmerecida pobreza. Pero aún no hemos visto que la globalización tecnológica nivele la riqueza. Al contrario, la economía financiera desregulada ha tenido en esta tecnología su mejor aliada y ha propiciado una expansión económica desigual e injusta, ha ensombrecido el futuro de las nuevas generaciones porque ni siquiera ha servido de modo fiable para el desarrollo económico. Tampoco se ha avanzado en el necesario entendimiento intercultural, ni se han visto reducidas las diferencias entre países opulentos y países pobres. Técnicamente se podría resolver las carencias de más de mil millones de hambrientos, pero no se hace. Los movimientos migratorios hablan por sí solos. No es sensato esperar que internet, sin más, resuelva estos problemas.

No es bueno que el hiperrealismo posmoderno ahogue el ímpetu juvenil, ni que los jóvenes con tarifa plana esperen que un milagro digital resuelva su futuro porque tienen mucha tela que cortar e internet no les va a hacer el trabajo: la igualdad, la justicia y la libertad siguen siendo, como en tiempos de Diderot aspiraciones inevitables y apasionantes de nuestra especie.

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