PANORAMA
Nuestra política
Se entienden mal algunas cosas de esta insoportablemente leve política española. El viaje de Alicia Sánchez-Camacho a Madrid, con su plan de financiación de la autonomía catalana bajo el brazo, es una de ellas. No lo digo por el viaje, ni siquiera por el plan, que, claro está, trata de beneficiar fiscalmente a Cataluña respecto de otras autonomías. No, no lo digo por eso, y tampoco por los distintos tonos de rechazo airado cosechados entre los dirigentes populares al que efímeramente —aquí todo es efímero— ha sido llamado plan Camacho.
Lo que de verdad me deja boquiabierto es que Sánchez Camacho, que ha sobrevolado varios episodios frívolo-truculentos relacionados con espionajes y otras fruslerías en los últimos meses, y que es vista con recelo por los ojos más serios y severos que haya en el PP, no hubiese querido o podido consensuar su papel en La Moncloa y en Génova antes de enfrentarse a las iras de otros barones autonómicos.
A mí, el plan Camacho, en lo que lo conozco, no me parece ni bien ni mal. Es un papel para empezar a debatir, con los socialistas y con los nacionalistas. Pero, en primer lugar, en el seno del PP. Y es eso lo que me llama la atención: nada estaba previamente hablado, nada consensuado, hasta llegar a una cumbre partidaria que evidenció la desunión, entre los responsables de la formación que sustenta al Gobierno, en el importantísimo tema de la ordenación territorial. Por si no estaba claro, se evidencia una insoportable improvisación, o letargo, o llámese como se quiera, en un asunto inaplazable.
Pero entiendo que ni letra ni espíritu son intangibles. Ni los criterios de nuestros partidos políticos son, al parecer, inamovibles. El papel de Sánchez Camacho recibió hace un año muestras de agrado en los medios populares de Barcelona y Madrid. Y el propio PP, hace cinco años, había lanzado una propuesta de reforma del Título VIII de la Constitución que ahora rechaza frontalmente. Así, con esta inseguridad, ¿quién se atreve a pronosticar que Artur Mas no acabará saliendo victorioso de su loca propuesta secesionista, que perjudica a todos, comenzando por los catalanes, sin beneficiar a nadie, comenzando por él mismo?
Y ahí están, tantas reformas propuestas aguardando a que les llegue el turno de concretarse. Mostrando, una vez más, que hoy en España no se hace política. Se hace economía de parches, en busca de algún brote verde que ofrezca esperanzas de cara a las elecciones de dentro de dos años, dos años, Señorrrr...