TRIBUNA
Los órganos también desafinan

Entre asombrada y confundida presenció estos días pasados la humilde feligresía leonesa el fausto organizado con motivo de la adquisición e inauguración del nuevo y multimillonario organo de la Catedral de León. Sin ningún ánimo demagógico, sin luces siquiera para alcanzar a comprender las razones, sin duda poderosas, de los altos mandatarios diocesanos, los tiempos que desgraciadamente nos han tocado vivir hacían dudar de si serían los actuales los más oportunos para tal celebración. Porque perplejidad les causa el comprobar que mientras en las parroquias diocesanas se elevan diarias rogativas por los pobres, por los que pasan hambre, por los que están en paro, por cuantos hacen cola a las puertas de Cáritas en busca de alimentos o de ropas, la Catedral les venga con músicas por muy de órgano millonario que sean. Del que por cierto ni toda la curia y feligresía diocesana parecían de acuerdo ni en su adquisición ni en su ubicación. Mayor asombro causó el que se le rindieran al órgano los honores que parecían reservados a la Virgen del Camino, con cortejo procesional de pendones, bandas de música y grupos folklóricos al que la Catedral abrió sus puertas sin el menor reparo. Se entenderá que a más de uno le viniera a la memoria el «becerro de oro». En cambio, afirmaban los melómanos y los defensores de su adquisición, el órgano nos acercará a Dios. Como los entierros de primera de antaño, pensaban otros. En cualquier caso que tal proximidad, de ser cierta, no afecte a la cercanía a la que también aspiran las parroquias y las iglesias de nuestros pueblos sin más recurso musical que acaso unas modestas guitarras. La Catedral fue de sorpresa en sorpresa. Así en la misa oficial de la inauguración del órgano reservó la puerta principal del templo para el acceso de autoridades e invitados, mientras el pueblo llano debía esperar formando larga cola en las laterales hasta que se acomodaran los prebostes y poderosos locales, a los que se reservó la cercanía del órgano y suponemos que también la del cielo.
Tampoco alcanzaban a comprender la nota que con sus indumentarias ponen últimamente las bandas de música de la Semana Santa leonesa. Tan llamativas, tan llenas de entorchados, más que a una cofradia penitencial parecen anunciar el circo americano. Al menos que en tales casos no se acompañen del guión y de los emblemas de unas cofradías a las que se supone ejemplo de austeridad, recogimiento y penitencia. Porque de ahí a las majorettes sólo hay un paso.
Claro que puestos a destacar notas desafinadas tampoco es pequeña la de nuestra corporación municipal empeñada en lucir sobre sus pechos unas bandas con los colores nacionales, como si diputados nacionales o senadores fueran, según ocurrencia que tuviera Morano, coincidiendo con su afiliación al PP, y que ya entonces fuera criticada. La ciudad de León, capital de un Viejo Reino, tiene colores y símbolos propios y mucho más antiguos, y a ella nada más representan. Nada más y nada menos. Criticamos el olvido oficial de nuestra Historia cuando son nuestros concejales los primeros en menospreciarla.
Confiemos en que el nuevo órgano, pese a todo, nos devuelva el tono conciliador, la moderación y la austeridad que siempre nos distinguieron y nos acerque no sólo a Dios sino también a nuestra tierra y a nuestra gente, más necesitada que nunca.