TRIBUNA
Canción de la cuna que nos arrulló
Los mismos paisanos que censuraban sacar a relucir las antiguallas del pasado leonés para reivindicar una autonomía propia, tildando a sus partidarios de retrógrados y trasnochados obsesos de un aldeanismo visceral, se muestran ahora entusiasmados y convencidos en sacar rendimientos del antiguo reino de León como cuna del parlamentarismo europeo. La mirada ha de ponerse siempre en el futuro. Pero como el horizonte está más oscuro que un enigma, no hay más remedio que recurrir al pretérito como esperanza de porvenir. Todo un juego de palabras. Mudam os tempos y mudam as vontades, que dijo el gran poeta luso Luís de Camões encabezando uno de sus más célebres sonetos. Y, al respecto, me topo sin querer con una de las innumerables fotos de Isabel Carrasco, presidenta de la Diputación, con sonrisa triunfalista a falta de brindis, junto a Jesús Posada, presidente del Congreso de Diputados, mostrando caretón receptivo como buzón de correos de antaño, y a Emilio Gutiérrez, alcalde de León, más tieso y circunspecto que un hito solitario surgido de la nada. Ganados para la causa los de casa, se busca ahora el favor foráneo de la Unesco, en la confianza de que su reconocimiento será foco de atracción ecuménica. Nuestras primeras autoridades han montado tal pollo con lo de la cuna que nos arrulló, que consecuentemente han encontrado apoyos verbales por todos lados para cautivar a gilipollas. Tan sólido argumento para captar turistas como el que sostenía un colega mío de universidad sobre su doctoramiento. Lo que en principio parecía un acto de petulancia insoportable por su parte al propalar a bombo y platillo no haber tesis doctoral más consistente que la suya, quedó inmediatamente rebatido después de sus explicaciones. «Mi tesis —decía— fue orientada por Pilar Vázquez y calificada cum laude por un tribunal presidido por Pilar Palomo. Ambas mujeres son menudas, pero con unas nalgas voluminosas como una noche germinadora. Luego, la solidez de mi tesis es indiscutible por descansar sobre dos «pilares» de mucho «fuste»». Impepinable.
Sin embargo conviene puntualizar un par de cosillas a modo de antecedentes. En 2010 se conmemoró el 1110 aniversario de la creación del Reino de León. Entre los distintos actos para festejarlo, se sacó del costal de la Historia a León como punto de partida del camino democrático en Europa. Y vino a refrendarlo, entre otros ilustres entendidos, nada menos que Ombusdman Nikiforos Diamandouros. Tengo del evento un cuadernillo de 36 hojas lujosamente editado. No hubo reparos en el gasto para la efemérides que, según afirmó su comisario Juan Pedro Aparicio: «Quisiéramos que no fuera una eclosión efímera, como de fuego de artificio, ruido, luces y luego nada». A tres años y pico vista, después de aquel cuantioso desembolso ya en época de crisis, me temo que la mayoría de los leoneses sigan in albis sobre el contenido de nuestra venerable Carta Magna.
Porque un amigo y yo nos hicimos pasar por periodistas encuestando a gente del Humedo y del Amilivia, ya convertido en Estadio Reino de León, sobre el grado de conocimiento que había del egregio documento. Después de entrevistar a medio centenar de personas, lo más positivo que pudimos averiguar es: «Algo he oído…». Pero, en cuanto a revelar algún punto del contenido, nada de nada. Y uno, que no puede reprimir su dedicación docente durante lustros, se pregunta: ¿no hubiera sido más democrático y productivo imprimir el texto con un sucinto comentario aleccionador y repartirlo de buzón en buzón a toda la ciudadanía? También habría salido mucho más barato y, al menos, la mayoría de los leoneses se habría enterado de que en 1188 el rey Alfonso IX promete, entre otras cosas, que no hará guerra ni paz ni tomará acuerdos sin reunir a los obispos, nobles y hombres buenos, por cuyo consejo ha de guiarse. ¡Pero qué ingenuo eres!, me dice el sabio amigo Julián Peloponeso, siempre en pie y al quite de mi congénita inocencia. ¿Desde cuándo le ha interesado a la casta política fomentar que la plebe se instruya o se interese? ¿Cómo habría de manejarla, entonces? Ahí está el fútbol y la TV para globalizar una indiferencia que está sustrayendo hasta las lágrimas por las diarias desdichas humanas.
Una segunda observación en cuanto a que el reconocimiento de la Unesco colocaría a León en la primera línea del turismo nacional, me recuerda cuando la Junta, comandada en la dirección cultural por María José Salgueiro, se gastó un dineral para representar a Castilla y León en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (Méjico). Los frutos iban a ser copiosos e inmediatos: considerable aumento de venta de libros, multiplicación en la exportación de productos de la tierra, a lo que habría que añadir miles y miles de iberoamericanos e hispano hablantes de E.U.A. que vendrían ex professo a esta tierra a disfrutar de nuestros desconocidos encantos gastronómicos, artísticos y naturales. El resultado ha sido como el cuento de la lechera. Y mucho me temo que el origen leonés del parlamentarismo europeo no pase de una cautivadora canción de cuna acompañada de un desembolso improductivo.
Pero tal vez tengan razón los ocurrentes promotores y ya comiencen a verse brotes verdes antes de devenir en apetitoso fruto sellado por la Unesco. Lo digo a juzgar por la conversación oída hace unas horas en la Plaza de San Isidoro a una pareja de jóvenes, presuntamente brasileños. Decía el mozo de cabello crespo, amartelado a una rapariguinha con moreno intenso de Copacabana, la mirada de ambos puesta en los signos del zodiaco de la portada basilical: «Tas, meu amo(g), no berço do pa(g)lamentarism(u) eur(u)pe(u)»; y la morenaza, muy melosa ella: «Pois mexe-me, Carlinhos, mexe-me».
Pero, caso de haber sido captados por la cuna que nos arrulló, ¿qué significa la estancia temporal de un par de guiris para la creación de empleo, si habéis consentido, ¡oh fariseos con lágrimas de cocodrilo!, la destrucción para siempre de cientos de ellos estables de la minería y negocios adyacentes, con el consiguiente perjuicio para la economía en general? ¡Qué os importa, si, para cubrir cualquier pero, siempre os queda la sombra alargada de Zapatero! En verdad os digo, dejad de andar enredando con quimeras y camelos, o mal rayo os parta así en la tierra como en el cielo.