EL RINCÓN
Muerte de escándalo
Entre todos lo matamos y él sólo se murió. El escándalo ha fallecido de muerte natural porque nadie se asombre de nada. Muerto está, que todos lo vimos por la calle de Madrid. Cuatro duques lo llevaban, encabezados por los duques de Palma. Según cálculos aproximados, la infanta se gastó desde Aizoon 148.000 euros de origen público en muebles y cortinas para el palacete de Pedralbes. No puede extrañarnos la cifra porque todos sabemos como se las gasta la señora de Urdangarin. Con nuestro pan se lo coman. Nosotros estamos contentísimos porque España está saliendo del callejón sin salida de la recesión económica.
Ya se sabe que Dios aprieta pero no afloja y aunque sigamos siendo pobres de pedir parece que nos van a seguir dando. Ojalá no sea por donde siempre, que está al sur del sitio donde la espalda abdica de su honesto nombre.
El crecimiento del 0,1 de la economía nos ha sacado del túnel, pero seguimos viendo oscuridades. Los maquinistas del tren nos metieron a todos en una vía muerta y los pasajeros nos alegramos de que nos consideren convalecientes. Entendiendo el PIB como las siglas de Pudadas Indefinidas Blanqueadas, resulta confortador que haya crecido tras nueve trimestres de caída. Los derroches se acaban cuando ya no hay nada que despilfarrar y hasta el buen papa Francisco le ha tirado de las orejas al asno de Apuleyo, que en el siglo II de nuestra era se quejaba de las costumbres de la época. Ahora al golfo del arzobispo alemán de Limburgo, un megalómano que se ha gastado en la renovación de su residencia episcopal más millones de euros que pelos tiene bajo su solideo, lo ha apartado de sus tareas.
Eso de viajar en primera clase para visitar chabolas ya no engaña a nadie. Lo que ocurre es que el escándalo ya no escandaliza. Nos hemos acostumbrado y sabemos que no es lo mismo predicar que dar trigo, pero no acabamos de habituarnos a que algunos hechiceros manejen las tahonas.