Diario de León
Publicado por
Ara Antón escritora
León

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Seguramente seremos muchos los que estamos deseando que se cierre el invierno, para que el mal tiempo, ya que no las soluciones urgentes, impidan los suicidios en masa de las gentes que se lanzan al mar buscando una vida mejor. ¿Quién engaña a esas personas con promesas que nadie está en condiciones de cumplir?

Tal vez hubo un tiempo en que realmente los miserables —entre los que debemos incluirnos los españoles— dejaron sus raíces y corrieron tras un sueño. Ansias que vieron colmadas, más o menos, pero en la mayoría de los casos con mayor abundancia que en sus lugares de origen. Mas ahora parece ser que eso se acabó. Ya no existe el Estado de Bienestar en ninguna parte, y mucho menos en las naciones mediterráneas, que a duras penas son capaces de mantener a sus cansados ciudadanos. Y los desesperados siguen llegando, explotados por mafias que se quedan con sus últimos cuartos y que los abandonan enseguida a su suerte, o mejor, a su desgracia.

No hay para todos, nos dicen constantemente aquellos a los que nada les falta. Aquí deberíamos recordar que en el último año la tasa de ricos en España se ha incrementado en un trece por ciento. Y eso es bueno, pero debería ser aplicable a toda la población. No hay para todos y es preciso recortar. ¿Recortar? ¿Es que queda algo de donde recortar? Y si es así, ¿a quién se lo quitaremos? ¿A ese treinta por ciento de niños que viven por debajo del umbral de la pobreza o a esos tres millones de personas que se debaten en la extrema carencia? En fin, a los de siempre, por supuesto, y además, se les pedirá que compartan, y la mayoría nos asombraremos de que aparezcan brotes de racismo. Racismo que en realidad no va dirigido contra los necesitados que nos abordan, ya que todos entendemos y nos dolemos de su miseria. Esa xenofobia que mencionan los bienpensantes no es tal; es la desesperación compartida, la seguridad de que el pastel se escurre de entre los dedos de algunos, para llenar los vientres bien alimentados de otros. Pero el sistema es rígido e intocable y escapa al escaso control de la masa, que es dirigida por medios sibilinos o, si es necesario, punitivos, para que se adapte y acepte sin chistar, bajo la amenaza clara o encubierta de perder lo poco que les queda.

Y cuando llegan los de fuera los compadecemos, sufrimos con ellos, pero miramos de reojo el resto de la hogaza y temblamos porque sabemos que no llegará para nuestros hijos. A no ser que la tan manida y socorrida crisis desaparezca de repente. ¿Y cómo ha de ser eso posible?, nos preguntamos con los ojos y los oídos llenos de escasez. Algunos piensan que en cuanto las gordas barrigas hayan conseguido redondearse aún más, bajando los humos a los asalariados, que empezaban a molestar repitiendo a todas horas que tenían derechos, cuando nos callemos y sonriamos servilmente, agradeciendo un mísero sueldo por dieciséis horas de trabajo, haciendo aquello que el patrón necesite, cuándo y cómo lo necesite, la crisis, milagrosamente, acabará.

Y tal vez entonces, a alguien se le ocurra que esos desesperados no desean viajar ni perder sus orígenes, para integrarse malamente en nuevas culturas que no entienden, y hasta rechazan de forma visceral. Y tal vez entonces dejen de esquilmar lejanas tierras, explotando a su gentes, y piensen que quizá sea más barato ayudar a esos países a aprovechar sus riquezas en beneficio propio, que mantenerlos en tierras extrañas con una limosna. Porque sólo de eso se trata, de una limosna que no les ayuda a crecer ni a hacerse personas; es tan solo la mala comida y cama de un día, porque, ignoro si por carencia o por mala voluntad, no podemos o no queremos tender la mano, no para darles un pez —parafraseando al sabio—, sino para enseñarles a pescar.

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