HISTORIAS DEL REINO
Una lección de dignidad
León ha vuelto a teñirse de negro por culpa de la mina. Una vez más, por desgracia, la muerte se ha cebado entre quienes arriesgan sus vidas cada jornada. Los mismos que, no hace mucho, eran tildados por el señor ministro Soria de «privilegiados». Extraño privilegio es tener que jugarse el pellejo para llevar el pan a tu casa, para garantizar un presente y un futuro a tu familia. Tal vez sea así en la mente de este político canario tan peculiar. Para el resto, cada uno de esos hombres es un valiente del que nos sentimos orgullosos los leoneses.
Aunque he de reconocer que, en cierta medida, sí son privilegiados. Porque en sus vidas se cruzaron mujeres valientes, decididas, fuertes, capaces de negarse a componendas con políticos el día del funeral, dispuestas a recordar que si ellos se han ido, ellas aún quedan. Y honran, honrarán siempre, la memoria de los que perdieron la vida una aciaga jornada en la montaña leonesa por culpa del maldito grisú. Y algo de eso, de la dureza de la vida del minero y de sus familias, debería saber el ministro Soria.
En nada se diferencian ellas y ellos de sus padres, abuelos, antepasados. Porque hablar de León y del carbón es mencionar una pareja que lleva funcionando, entre el amor y el odio, desde el siglo XIX. Fue a finales de esta centuria y al filo del s. XX cuando un ferrocarril unió La Robla y Valmaseda, en Vizcaya. Al amparo de este incipiente despegue surgen con fuerza dos de las tres empresas más relevantes en la historia de la mina leonesa: la Sociedad Hullera de Sabero y la Hullera Vasco-Leonesa, fundada por los Ibarra en 1893, llamada a convertirse en referente nacional. Pozos en Santa Lucía de Gordón, Llombera, otras minas en enclaves cercanos. El comienzo de un viaje de más de cien años que contó con momentos de luz y otros de oscuridad. Porque si la Primera Guerra Mundial trajo el auge de nuestras minas, cien años más tarde, en 2013, la crisis se suma a la incompetencia y de un tajo corta la vida de una comarca, de una provincia.
La política energética de este país, ¿existe?, nos lleva a preguntarnos si cercenar nuestros propios recursos y arrojarnos en los brazos de nucleares extranjeras y gases varios es una solución de futuro o un apaño de conveniencias. ¿Tan ricos somos como para prescindir de nuestros recursos? ¿Para desdeñar aquellos proyectos e ideas que permitan recolocar el carbón como una energía de futuro? ¿Para garantizar un empleo y un horizonte a la montaña leonesa?
Se mueren nuestras comarcas, nuestros jóvenes, nuestro futuro. Ojalá, señor ministro, no olvide los rostros de los hombres que perdieron la vida luchando por un mañana mejor para sus familias. Ni las caras de sus mujeres. Hallará en ellos toda una lección de dignidad.