Diario de León
Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

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Un verso de Cristina Cocca

—«Todo huele a memoria esta mañana»— se apoderó de mí el día en que Santa Lucía, desde la experiencia dolorosa y colectiva del grisú, acogía el funeral por los fallecidos en el último accidente minero, de magnitud nuevamente conmovedora. Allí estaba, porque, con palabras prestadas de Luis Fernández Roces, «son los míos, me consuela / saber que en sus pechos / está el centro del mundo». En el corazón estaba para los antiguos la memoria. Y el corazón, o la memoria, acaso los dos, entrelazados, me condujeron, inevitablemente, a mayo de 1952.

Desde la niñez recuerdo, vivo, el accidente del Socavón de aquella fecha, de aquellas fechas interminables mejor. Agarrado a los barrotes del portón que daba paso al Grupo, las escenas se fueron grabando con precisión en mi memoria. No entendía nada, pero lo entendí todo. Fue la primera vez en mi vida que sentí un dolor punzante, como un escalofrío, que provocó lágrimas silenciosas, a la larga purificadoras. Las lágrimas que marcaron un vínculo de vida, aún hoy más presente y solidario. Irrenunciable. Lo que sigo sin explicarme es por qué ya entonces, siendo un niño que ni siquiera iba a la escuela, me prometí que algún día tenía que contarlo. Lo conté, veintiocho años más tarde, tembloroso de emoción todavía. Lo destacado eran los nueve nombres de los fallecidos en el accidente: «Sus nueve versos, ordenados por mí, son lo más auténtico».

Regreso al funeral después de este latigazo, breve pero intenso, de la memoria. La atmósfera respira sentimiento y dolor en un silencio profundo y compartido. Estoy convencido de que el dolor ni purifica ni redime, como predicaba aquella clásica y siempre dura teología de la resignación. En todo caso, ennoblece la actitud de sobrellevarlo. En aquel silencio, en el dolor solidario y compartido, había una auténtica lección de dignidad minera, con la conciencia orgullosa de pertenencia, difícil a veces de entender desde fuera, y con la conciencia inequívoca de clase. No haría falta repetir que la dignidad se conquista en la insistencia de una vida hecha día a día, nunca en los gestos focalizados y transitorios de los flashes.

Mi esperanza se fortalece en el deseo de que la memoria siga siendo testimonio. Por eso añado en este rincón, a la sombra vertical de los chopos, seis nuevos versos: Manuel Antonio Moure Fernández, Orlando González Fernández, Roberto Álvarez García, José Luis Arias Gutiérrez, José Antonio Blanco Barrio, Juan Carlos Pérez Fernández. Es duro constatar que escribimos un largo y doloroso poema, siempre inacabado, de la minería, hasta que los dioses de los números, los cálculos y no pocas hipocresías decidan poner su punto final. Nadie nunca, sin embargo, podrá borrar nuestra memoria, vuestra memoria, amigos.

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