FUEGO AMIGO
Escalada, patrimonio universal
San Miguel de Escalada es una joya del arte medieval que esta semana cumplió once siglos sin que se aproveche la efeméride para tramitar de una vez, con solvencia y sin complejos, la solicitud de su declaración como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. No en solitario, sino acompañada por las demás muestras de un arte mestizo, que dejó en territorio leonés la mejor expresión de su embrujo. De Escalada a San Cebrián de Mazote, de Peñalba o el barrio ollero de Ponferrada a Wamba o Lebeña. Todavía resuenan con estrépito los recientes y penúltimos fracasos de candidaturas que nos conciernen al Patrimonio de la Humanidad.
Ni las vidrieras leonesas ni el románico palentino ni los gaudís de aquí tienen la singularidad que cotiza en aquella lonja. En cambio, resulta llamativo y chocante que nadie aliente ni promueva candidaturas claras, como las arquitecturas visigótica o mozárabe que enjoyan algunos de nuestros rincones más hermosos. ¿Por qué será? ¿Otra penalización por su ruralidad y dispersión territorial? La galería de Escalada es uno de los iconos de nuestro patrimonio. Sin duda, la más primitiva y espectacular de un género que prosperará más tarde en el románico del Duero, como espacio funerario y recinto del concejo vecinal.
El interior es un recinto mágico, con tres naves, arcos de mezquita y capillas en umbría. Antes de entrar, conviene darse una vuelta por el perímetro, para descubrir el dibujo de las celosías, los modillones con caras astrales, la ventana geminada de la torre, los capiteles del pórtico, las tres portadas y la doble ventana lateral. El duende de su mozarabía se inscribe en un crisol de tradiciones, lógico en ese momento de la primera repoblación monástica. Dos galerías paralelas de cinco arcos de herradura recorren la planta basilical de tres naves, que interrumpe en el presbiterio una arquería transversal de tres huecos, marcando la zona litúrgica de los ábsides. Por encima de estos arcos corre un friso de estuco decorado con racimos, pájaros que se acicalan y leones. Las cubiertas son de madera y la central se inscribe en el mudejarismo de los artesonados del Esla, floreciente en los siglos catorce y quince.
Un flechazo de luz ilumina cada uno de los tres ábsides, cuya planta dibuja una herradura pronunciada. Sobre el central se camufla una cámara secreta, habitual en los templos visigodos. Varios canceles profusamente decorados dominan la entrada a los ábsides. Es el momento para recrearse en la maestría escultórica de los capiteles y en la magia del recinto, que reproduce en miniatura el boscaje columnario de Córdoba y su juego de perspectivas. En los años cincuenta, existió el proyecto de trasladar este conjunto a la ciudad, frente al cuartel de Almansa.