Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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Mis tíos venían a casa muchas tardes. Ellos eran jóvenes, llevaban sombrero, abogados que se iban afianzando en Ponferrada. En la ciudad del Dólar y de un juzgado pequeño. Y de un juez muy elegante y sabio que daba gusto verlo por la calle. Creo que era de Galicia.

En casa vivían mis abuelos, fue mi única experiencia de familia patriarcal. Aunque sin patriarcas y sin otoños. Solo con hombres pacíficos y asturianos, lectores casi todos, muy lectores. Mis tíos traían a casa una revista que era oro y libertad: la norteamericana Life.

Allí venían las grandes fotos en blanco y negro, las sensacionales panorámicas de ciudades de América a las que nunca iríamos: Los Ángeles, Chicago, San Francisco… Pero también de la América del sur: recuerdo un gran reportaje de Brasil, que ya entonces era el país del porvenir y que contaba «con 65 millones de habitantes». Hoy tiene casi doscientos.

Life era la puerta de los sueños. Y entonces los sueños solían suceder en Estados Unidos, la nación donde casi todos los hogares tenían coche y frigorífico y donde todo llegaba unos diez años antes que en la Europa rica. Unos veinte o más que en el caso de España.

Mi madre nos acostaba pronto. Una noche en que mi padre estaba de viaje por su melancólica ruta comercial del noroeste interior, mi madre nos despertó a mi hermano y a mí. ¿Sabéis, hijos?, nos contó muy impresionada, ¡han matado a Kennedy!»

La noticia fue una bomba incluso para aquel niño de diez años que yo era. Porque Kennedy era el héroe más grande de la tierra, el semidiós que veía cada mes en la revista «Life» navegando por la costa de Massachussets o recorriendo las calles de Nueva York en un descapotable.

Kennedy era una mezcla de santo y de guerrero, de artista de cine y del hombre más bueno del mundo. Del más poderoso, guapo y seductor.

Mi madre estaba horrorizada y yo sentí una gran pena, tan sincera como un poco absurda. Entonces no podía saber, claro, que la presidencia de John Kennedy estaba siendo mediocre. Sin leyes memorables y con graves desaciertos en política exterior. Pero daba lo mismo: él era el más rutilante de los políticos del planeta.

Días después mi tío trajo un número especial, muy grueso, de la revista Life . Cientos de fotos y de textos sobre el magnicidio de Dallas. Yo creo que leer alguno de aquellos artículos y ver una y mil veces todas las imágenes, fue mi despedida de la infancia.

Sí, antes ya sabía que existía la muerte y el tiempo, pero a partir del asesinato de Kennedy el mundo se hizo mucho más cercano y más frío a la par, más triste. Y esa tristeza, de un modo u otro, perdura, aunque se le va venciendo.

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