TRIBUNA
La crisis: ¿culpa de la clase política?
Con la llegada de la democracia se inició una época en la que prevaleció la concordia en nuestra vida política. Todas las fuerzas significativas priorizaron lo que les unía frente a lo que les separaba para lograr que España fuera una democracia estable y duradera. Desde 1976 hasta 1996, desde Suárez a González, asistimos a veinte años en los que primó el acuerdo y el espíritu de consenso. En mi opinión fueron tiempos de notables figuras políticas, de líderes con un gran sentido de Estado.
Después de estas dos primeras décadas democráticas llega Aznar al poder en 1996, manteniéndose hasta 2004, y le sucede Zapatero hasta 2011. Podría analizar la gestión de ambos, pero por muy neutral y objetivo que tratara de ser, siempre me tacharían algunos de injusto y parcial por resaltar más los logros o los errores de uno o de otro. Me interesa resaltar ahora algo sustancial que ocurrió a partir de 1996 y que, en mayor o menor medida, ha continuado hasta la época actual. Se produjo un cambio brusco y, a mi juicio, funesto. Irrumpieron en nuestra praxis política actitudes y formas más habituales en otras latitudes (por ejemplo, en EE. UU.). Ello supuso la ruptura del consenso y la introducción de un persistente y elevado grado de crispación. Se convirtió en hábito la descalificación permanente del contrario político, la priorización de los intereses del partido propio aún a riesgo de no atender los intereses generales, el no afrontar ninguna medida que generara perjuicios electorales aunque fuera necesaria para el país y el utilizar cualquier asunto como arma política con tal de conseguir un puñado de votos o restárselos al contrario.
Hubo diferencias en las diversas políticas sectoriales que Aznar y Zapatero desarrollaron, pero en el campo económico, en general, desplegaron una política, a mi entender, continuista. Podemos puntualizar sobre si el origen de la crisis económica fue internacional y el chispazo estuvo en EE. UU. con la quiebra de Lehman Brothers o con la gestión de las hipotecas subprime . Podemos hablar de la ley del suelo que aprobó Aznar en 1998 y de otros factores que han podido influir. Pero bajo mi criterio, y a riesgo de suscitar polémica, me atrevo a afirmar que si cambiamos el orden de estancia en el Gobierno (que hubiera gobernado Aznar cuando Zapatero y viceversa) la actual realidad económica (subrayo lo de económica) sería semejante; las diferencias, si las hubiera, serían, a mi juicio, poco significativas.
Los dos fueron incapaces de tomar las medidas que hubieran sido precisas para evitar, o al menos amortiguar, el impacto de la crisis que se estaba fraguando. Se generó y se desarrolló la burbuja inmobiliaria (no deseo ahora analizar quien fue más culpable) y no se adoptó ninguna medida para frenarla y controlarla; no se actuó para sanear el sistema de pensiones; no se enfrentaron a la necesaria reforma fiscal (si eres socio de la UE debes acercarte tarde o temprano a su estructura fiscal media), etc. La razón de que no tomaran estas y otras medidas es diáfana: son impopulares y quitan votos. Las hemos tenido que aplicar todas a la vez, en las peores circunstancias posibles y con el vergonzoso agravante de venir impuestas desde fuera. Su impacto hubiera sido mucho más llevadero si se hubieran comenzado a tomar hace décadas y de manera dosificada.
Ha faltado talla política en los líderes. No nos han sido válidos y han demostrado que ni ellos ni los que han formado parte de las direcciones de sus partidos nos sirven para el futuro. Han gobernado desde la comodidad, con la vista puesta en los procesos electorales más cercanos y con el único fin de mantenerse en el poder o de alcanzarlo si estaban en la oposición. Y elecciones hay casi todos los años: bien municipales, autonómicas, europeas o generales. Por tanto, la visión ha sido, permanentemente, de corto plazo. Con estos parámetros como guía de su actuación nos han dirigido a un callejón infernal. Y todos presentimos que vamos a permanecer en este diabólico laberinto mucho tiempo.
Intentaron hacernos creer, de manera ilusoria, que su excelencia como gestores nos había situado entre los países más ricos del mundo y, de repente, estamos siendo testigos de la dura realidad. Aterra la tasa de paro y comprobamos día a día que a donde realmente nos han conducido es a una situación en la que millones de españoles malviven entre la miseria. Estamos pasmados, asombrados ante la terrible realidad que padecemos. Este estado de shock, esta sensación de bochorno nacional que han volcado sobre nuestras espaldas, nos está dejando aturdidos, desconcertados. Tardaremos mucho los españoles en olvidar esta época de penalidades y de humillación. Debemos dotarnos de líderes que huyan de estas perniciosas prácticas. ¿Cómo lo conseguiremos? Esa es la gran incógnita. En las cúpulas de loss actuales partidos difícilmente los vamos a encontrar, por lo que no se vislumbra una solución. No nos queda más que confiar en que el azar nos sorprenda.
Dos nuevos y jóvenes líderes en los dos partidos mayoritarios que se respeten y que promuevan el mutuo aprecio, que pacten las grandes cuestiones que condicionan el futuro de todos, que acuerden no utilizarlas nunca en la legítima e indispensable controversia y que opten, siempre, antes por el interés general. Esto es lo que nos haría falta. Es significativo lo que está pasando ahora en Alemania: con una situación política y económica mucho mejor que la nuestra, los dos partidos mayoritarios han acordado una gran coalición entre ellos para gobernar el país. Que pueda ocurrir algo parecido en la España actual no deja de ser una vana ilusión, pero es la única puerta por la que nos puede entrar algo de esperanza. Porque es una utopía pensar en una alternativa real al bipartidismo reinante.