Diario de León
Cristina Fanjul
León

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He leído en algún lugar que somos la única profesión que no sufre el desaliento a pesar de llevar décadas anunciando, como Casandra, nuestra particular caída de Troya. Vamos, que seguimos vivos aunque siempre estamos a punto de fallecer. Por lo visto, y según los datos de los editores, las ventas de diarios no dejan de caer, mientras que el incremento de lectores es imparable. Bonita paradoja que no lo es si se tiene en cuenta que el periódico se puede leer gratis en la biblioteca o en el bar, si pensamos que todos nuestros contenidos están a disposición del lector gratis et (no sé si) amore , que a todos nos gusta cobrar por el trabajo, aunque los haya que crean que no lo es.

Como ya tocó la columna en la que me ensañaba con los compañeros, hoy me echo en brazos del desagravio, de la defensa de lo mío, de una profesión que algunos desprecian pero sin la cual se apagaría la luz que crea la sombra de la realidad. Estamos en el país del gratis total y aquí todo el mundo se mete con el mesajero después de robarle la mercancía que ofrece, sea cual sea, sin discriminar.

Sí, es cierto, los periodistas vendemos evanescencias, —¡cómo para reivindicar su valor!— un montón de historias, la vida ajustada a una página que cada vez se vuelve más corta por mor de la crisis, una vida que, además, siempre es la de los demás, nunca, o casi nunca, la nuestra, que un periodista convertido en noticia es lo menos parecido que hay a un periodista, aunque haya alguno que se crea que los hay de primera y segunda, que todos somos contadores y nuestra herramienta siempre es la misma: la palabra y es tan sólo la palabra la que hace que una historia remueva conciencias o se vaya por el sumidero del olvido. No hace falta ser corresponsal de guerra para escribir la batalla de la vida. A veces, lo más difícil es contagiar la rutina de lo cotidiano. La vida, modo de empleo... Y para eso estamos, aunque llevemos años vaticinando nuestro final, que una historia siempre tendrá audiencia, una historia, una buena historia contada con la palabra, la única herramienta que tenemos para vender periódicos, que a pesar del ruido de las vajillas y las cazuelas, debería bastar una buena historia, una mirada... La vida de todos los que viven en este edificio, la vida desconocida de los vecinos de este callejón, de este barrio, de este mundo, la vida... y el periodismo contando su modo de empleo.

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