Diario de León

Leoncio García Rodríguez

Cuando la mina mata: Macizo 7

Publicado por
Leoncio García Rodríguez Ingeniero Técnico de Minas
León

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Cuando la mina mata surge el estupor, la pena; los sentimientos se desgarran. El eco de la tragedia rebasa las fronteras, más allá del ámbito de la gran familia minera; su repercusión llega muy lejos. Esto fue lo que ocurrió el día 28 de octubre, con motivo del desgraciado accidente producido en La Hullera Vasco Leonesas. Todos los sentimientos de compunción volaron hacia el funesto Macizo 7 del pozo Emilio del Valle.

Y puede que algunas conciencias encallecidas hayan sentido el sonido de la raspadura de esta magna tragedia. También, posiblemente, algunos de los que, sin ser capaces de penetrar en una mina, más allá de veinte metros pero que, insensata y ligeramente, dicen que los mineros tienen muchos privilegios, tengan en este momento la valentía de tragarse los sapos que salieron de sus bocas. Qué fácil es opinar desde un despacho con aire acondicionado, luciendo corbata, aunque nunca jamás se haya pisado una mina.

Por otra parte, dentro del sentimiento de pena y tristeza producido por la tragedia, también es digno de admiración el gran despliegue informativo desarrollado desde todos los medios, entorno al lamentable suceso. Sin embargo siento tener que decir que no estoy de acuerdo con parte de lo que se ha dicho, auque esto haya sido expresado sin mala intención, sino por atrevido desconocimiento. Pero el tema es muy serio y no admite errores, ni inoportunas e impropias metáforas. Frecuentemente se considera sinónimos los términos deflagración y explosión, y realmente no lo son. He oído decir, hasta la saciedad, que el grisú es tóxico, y no es verdad que lo es. El grisú, hasta el 5% es inflamable; del 5% al 15% es explosivo y a partir del 15% ni inflamable ni explosivo, pero sí asfixiante. Sin embargo, en un medio informativo al alcance de todo el mundo se dice que por encima del 15% arde sin explotar, y por debajo del 5% ni arde ni explota; grave error.

«A veces, una atmósfera irrespirable por la mezcla de gas tóxico y polvo de carbón, dificultaba la respiración. Y había días en los que te encontrabas con una excesiva concentración del gran enemigo de los mineros, el anhídrido carbónico, conocido con el nombre de grisú»: Señor Peñafiel, evocando sus dos años en Hulleras de Sabero. La frase, muy literaria, pero errónea.

El grisú, ya se ha dicho, no es tóxico, es asfixiante; el grisú es inodoro, incoloro e insípido, y menos denso que el aire. El grisú no es anhídrido carbónico; éste CO2, dióxido de carbono, es asfixiante, incomburente y más denso que el aire, por cuya razón se encuentra en la parte inferior de las labores mineras; al contrario que el grisú, CH4 —metano—, que por ser menos denso que el aire se encuentra en las partes altas. Un gas venenoso, en la mina, es el monóxido de carbono, que transforma la hemoglobina de la sangre en carboxihemoglobina.

Llevaba yo muy poco tiempo en la mina cuando tuve la oportunidad de vivir mi propia experiencia personal de contacto con el grisú. Precavidamente y con mi ángel custodio al lado, fui elevando lentamente la cabeza en una atmosfera grisuosa; enseguida sentí en mi rostro los efluvios —no precisamente refrigerantes— del gas, que me producía una dulce somnolencia. Al hablar a mi compañero, que se mantenía al lado, pero en atmósfera limpia, me di cuenta de que oía mi propia voz como si la recibiera por teléfono. Inmediatamente me di la explicación; en el grisú, al ser éste menos denso que el aire, la voz se transmite más débilmente. Después de repetir tres veces la operación, el vigilante plantilla, extraordinario minero y maravillosa persona, me dijo: «Ale, vamos, ya has aprendido a conocer el grisú por ti mismo».

Sobre el accidente del pozo Emilio del Valle no seré yo quien emita juicios de valor, con el riesgo de que éstos puedan ser equivocados. Siempre he tenido muy buen concepto de la H.V.L., pese a que nunca he visitado una de sus minas, aunque ya me gustaría hacerlo. De cualquier modo, con la debida prudencia, y sin olvidar que nadie mejor que sus técnicos sabrá juzgar lo ocurrido, me surgen ciertas consideraciones.

Generalmente, un desprendimiento súbito de grisú suele arrastrar consigo gran cantidad de carbón; a veces también roca. Más de una vez, un desprendimiento instantáneo de grisú ha dejado llena de carbón, no sólo la explotación, sino también, la galería correspondiente. En algunos casos el carbón pulverizado, fruto del desprendimiento, se ha depositado a lo largo de varios metros de galería, con un espesor de medio metro. «Cuando entramos, casi no podíamos andar, nos hundíamos hasta la rodilla», decía un experto vigilante, sobre un caso vivido por él.

Y en este caso del Macizo 7, según ña información de la prensa escrita, el lugar del accidente se ha mantenido intacto; lo que ya se deducía del rápido rescate de las víctimas. ¿Qué ocurrió? ¿Aflujos de grisú, procedentes de minados antiguos? ¿Desprendimiento súbito o flujo propiciado por las características tectónicas del entorno o proximidades, fallas, grietas……? A buen seguro que los técnicos de La Vasco sabrán emitir su veredicto.

Yo reconozco que en una mina siempre sabe más el propio que el ajeno; y cada mina tiene sus secretos.

Con mi máxima consideración para los familiares de las víctimas, y el merecido honor para éstas.

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