Las redes de protección duplican sus esfuerzos
El fulgor de las luces de Navidad, encendida ayer en la ciudad con la intensificación de la actividad festiva, no puede ocultar la cruel realidad recogida hoy en otra información del periódico. Viene a decir que el Banco de Alimentos había superado en noviembre 1.100.000 kilos repartidos este año, que la Asociación Leonesa de Caridad sirve un 35% más de comidas, que por el comedor del padre Ángel pasan más de un centenar de leoneses y que cada vez son más las personas que buscan fruta, verdura y otros productos en los contenedores de los supermercados.
Los nuevos pobres, víctimas colaterales o consecuencia directa de la crisis, desbordan todas las previsiones y hacen cambiar el ritmo de los dispositivos asistenciales y de los servicios sociales. Las instituciones de beneficencia, que gestionan estos días volúmenes sin precedentes de comida presionadas por una demanda que jamás se había producido en la etapa democrática, se ven más solicitadas a medida que ceden las redes sociales y familiares de protección, no se reduce el paro y la necesidad acucia. El problema de fondo, el ingreso de parte de la clase media en el proletariado depauperado y exhausto, no debería quedar en manos exclusivas de la beneficencia privada. Pero lo cierto es que vivimos en una sociedad en la que los ciudadanos se sienten abandonados a su suerte y en la que en los políticos están ausentes de las necesidades de la gente real porque perdieron el respeto a su condición de servidores públicos y a sí mismos como personas.