TRIBUNA
Modesto Llamas: ‘Siste viator’
Deja los cuadros colgados. No vayas directamente a la sala. Hay demasiada luz en las paredes. Vete al escondite oscuro del que sale la voz del pintor y escucha atentamente. Si bien te fijas, no habla propiamente de su pintura sino de su relación con la pintura. El taller ha quedado lejos, pero fue en el taller donde el pintor se hizo. La cualidad de lo sagrado de la pintura no aparece en la exposición sino en el silencio del taller, lleno de luz o en penumbra hondamente pictórica. ¿Acaso pensaba allí en los grandes beneficios que un día le daría su oficio? ¿Acaso soñaba con verse reconocido dentro del podrido fenómeno cultural, donde la obra se exhibe con un precio al lado y con la explicación de marchante sinvergüenza: «Es un cuadro excelente obra del excelente pintor leonés…»?
No. Desde sus tiempos de la Academia de San Fernando la lucha por la excelencia tiene como compensación un superávit humano secreto que sólo él conoce, y que se desarrolla en experiencias, pruebas, compromiso ético, afinación de la mirada, afinación técnica del matiz, estudio, exigencia paulatina de la libertad que estaba in nuce en su diploma: libertad para experimentar color, composición o adecuación formal. El pintor se hace en el taller, no en la exposición, porque en la exposición los cuadros adquieren independencia y en el taller están siempre referidos al artista que, de vez en cuando, revisa su obra y traza emocionado la historia de su propia alma, contemplándola objetivada en un lienzo, en una textura en un papel que se combó milagrosamente en la soledad de una carpeta.
Colgados los cuadros en esa magnífica exposición del Instituto Leonés de Cultura, el pintor podría desaparecer, pero el plus de enigma de cada cuadro impregnaría la sala y el espectador se hallaría inerme con una interrogación sobre su cabeza. La autorreferencia (el cuadro no imita la realidad) le da autonomía, pero borra su relación con la realidad del pintor. Por eso es tan importante su palabra. Sólo el pintor conoce a fondo el ejercicio atlético con el que su humor, su inquietud, su desasosiego, su malestar en el mundo y en la cultura, su pathos espiritual, sus anhelos y frustraciones, su alejamiento agradecido de la Escuela, su pensamiento, su amor, su alegría, su humor, en constante efervescencia tomaron forma en cada lienzo. Sólo él sabe el secreto de su pincelada dada aparentemente al descuido o minuciosamente calculada en relación con la de al lado. Pero el cuadro, está mudo. Escucha pues al pintor. No te explicará los cuadros porque siempre haría una traducción insegura. Una vez que escuches su palabra reposada en la magia de un cuarto oscuro, tú, con tu interrogación sobre la cabeza, tendrás que decidir qué fibras de tu alma reaccionan ante esos lienzos silenciosos. Ya puedes andar entre ellos. Siste. Párate en cada uno y si quieres ayudarte acércate a la ficha que hay al su lado, porque el artista ha tenido la generosidad de darte alguna pista de significado. ¿Significado? ¿Un cuadro tiene significado?
No te engañes. El pintor, que ha dado título a algunos cuadros, hace referencia a algún estado emocional o intelectual de su vida y el cuadro habla, emite signos que sólo el pintor comprende. El cuadro habla del alma que con fortuna ha buscado epifanía a través de unos pinceles empapados de color y libertad, embadurnados en la paleta de su vida. Eso pertenece al secreto de su alma. Tú estás fuera. Tú sólo puedes mirar, asentir o negar y callar. Pero si en contacto con el cuadro experimentas algo más, el pintor habrá conseguido un objetivo en el que, tal vez, nunca pensó: el de despertar en ti, vagamente algo de lo que el vivió. Parece poco, pero es extraordinario. Ese hilito te hace hermano suyo, porque la pintura como la poesía o la novela es una carta de amor guardada en una botella que el mar trae a la playa de los ojos de tu alma.
Repara entonces en una cierta manifestación melancólica del artista, una confidencia que te ha hecho en el cuarto oscuro. Ha sido catedrático de dibujo. Quizá esa actividad le quitó tiempo y lo alejó de su auténtica profesión de color. Puede ser. Lo es porque él lo dice, pero la ventaja de su otra profesión a la que entregó su tiempo toca exactamente el mismo punto que te he señalado. La educación es fundamentalmente contagio, como la gripe. Con el maestro se aprende a dirigir la mirada hacia la verdad, la belleza, el bien, o la justicia, en el mejor sentido platónico. Eso hizo Modesto durante toda su vida con generosidad heroica, en un instituto rural y eso hace ahora en este Instituto Leonés de Cultura. Te está enseñando a dirigir la mirada hacia ti mismo para que, como él en el cuadro, pintes paisajes de tu alma y te conozcas; para que aprendas a dirigir la mirada a la belleza y por la belleza llegues a la verdad y por la verdad alcances la Libertad que él ha alcanzado. Este es el camino revolucionario que todo maestro sueña: despertar la voz interior de su discípulo con un imperativo insoslayable. Retenlo bien. El imperativo dice: Has de cambiar tu vida.
Ayer pasé por la sala de nuevo: en una hora, sólo hubo cinco espectadores como tú. El esfuerzo del Instituto y del pintor, no fueron vanos porque estas cosas no se miden en euros. No. Pero tienes que ir de nuevo tantas veces como puedas, y llegarás a la misma idea: has de cambiar tu vida.