Diario de León
Publicado por
PEDRO LLAMAS RODRIGO.
León

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Desde tiempo bulle y se mueve una reflexión en mi mente y cabeza sin poder evitar esta tormentosa molestia de tensión, pesado conflicto y crudo malestar que ha perseverado con permanente estabilidad e inmutable constancia y que siendo bulliciosa e impaciente mantenía el grado de actitud callada y silenciosa. Era exacto y real parecido a un profesor que tuve inteligente y práctico a la hora de enseñar por sus explicaciones muy apreciadas e interesantes y su sencillo contenido que dejaba emanar viniendo de su eminente lumbrera y abierta inteligencia manejando conocimientos con destreza y habilidad. A todos nos tenía hechizados con sus explicaciones aun cuando fueran temas insulsos y sin contenido. Él se las apañaba buscando asuntos que nos causaba entusiasmo e interés aunque en sí mismos fueran simples. Sabía transformar la normalidad en imprescindible.

Recuerdo que una vez nos hechizó durante media hora contando cómo atarse los cordones de sus zapatos en medio de una calle céntrica de la ciudad con gran aglomeración de gente y hormigueo de corretones peatones, la mayoría curiosos de marca mayor. Reflexión que hoy ha vuelto dando vueltas en mi cabeza y se me hace molesta su inesperada insistencia. Llega y al momento se marcha a la francesa. Pensaba en su desaparición, cuando de repente se hace presente su pertinaz y terca aparición, trayéndome a mi mente ese fiel cumplimiento del dicho que «cuando menos se espera salta la liebre».

Esta reflexión calificada de espontaneidad o categoría de embusteros que gusta importunar a quien se le ocurra sin otra justificación que su arrogancia, propia de personas que se les puede elogiar de supina nesciencia por su metedura de pata.

Mi consideración ha sido pensada durante tiempo con preciso sentido de racionalidad y sin doblez, pareciendo normal y corriente reflexión al alcance de toda persona que posea natural sensatez y ordinario juicio.

Mi reflexión no descubre nuevo mundo. No es extravagante de originalidad nunca oída ni tampoco de las que asombran por su extraña fantasía e imaginación que es lo que más agrada a la mayoría de la gente y se halla de moda en la actualidad.

La imagen de esa reflexión sería ver con claridad en el espejo de la mente dos palabras: sensatez y normalidad. Con esas palabras bien vistas y comprendidas quedaría resuelto y solucionado el problema del mundo. El hombre por más que diga, tiene solo un único problema que proviene y es ocasionado por el incomprendido sentido de persona humana. El escaso conocimiento de lo que es persona humana, es el error de esos rangos y categorías de los hombres que el mismo se ha querido montar. El prurito del hombre como animal es el deseo de hacer lo mejor para el hombre pero ese ardiente y vehemente deseo se ha convertido en acto dañino que más perjudica a sí mismo. El hombre es enemigo para el hombre, produce odio entre los hombres, desprecia su raza con la implantación de las categorías de rico y pobre, empresario y trabajador, listo y tonto y una retahíla que desisto de escribir.

Podríamos seguir con infinidad de nombres que a veces sin entender su contenido casi siempre produce efectos contrarios a él mismo. El hombre es el animal más repetitivo y sin enmienda, vuelve a caer por su torpeza en el mismo vicio y defecto de su desacierto y continua aberración.

Si una religión carece de respeto a la persona humana no merece el nombre de religión ni sabia maestra que imprima carácter y rasgo de amor, bondad, cariño y benevolencia con los demás. Será vana y hueca de contenidos.

Antes de creyentes «somos seres humanos». Este ha sido, es y será el gran problema del hombre: reconocer que como personas humanas todas son iguales.

No hay que olvidar lo esencial del ser humano. Existen elementos básicos de identidad que son iguales en valoración para todo ser humano y su respeto por ser persona humana, no por el rango inventado que es aéreo y artificial. La diferencia y diversa consideración es porque la sociedad así lo ha establecido no basada en principios innatos y congénitos de igualdad nacidos por ser persona. Toda persona humana tiene derecho a gozar de una casa y un trabajo para mantener a una familia como ser humano, no como ser animal. Esta casa debe ser normal y digna. Que luego sea bella, lujosa, majestuosa con adjetivos calificadores de grandiosidad y sublimidad y adornos millonarios son accesorios. Podíamos ir mostrando los derechos fundamentales del ser humano. El fallo y fracaso es que no hay acuerdo en descifrar los fundamentales y esenciales derechos del hombre desde el momento de nacer y ver la luz del planeta, mundo.

Manifiesto que no soy duro de mollera pero sí tengo dura mollera en defensa de lo expuesto. La edad no perdona a nadie. No se complace con nadie. Es una de las maravillosas virtudes de la naturaleza humana y la correlatividad de este incomprensible enigma de saber qué es el personaje ignoto desconocido, que es el hombre en toda su amplitud con la inclusión de la mujer con su justa valoración que merece como persona humana.

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