Diario de León

TRIBUNA

Llamas: la abstracción que emociona

Publicado por
Venancio Iglesias Martín.
León

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El camino de la libertad se hace de fidelidad y disentimiento leal, tanto en la vida como en el arte. Pero la libertad no puede faltar en el principio, en la escuela, donde se adiestra el artista. Esa es la diferencia entre el creador y el pintor fiel a una forma fija. El creador es fiel y disiente a la vez. En ese momento disciplina y libertad coinciden, ascesis y gozo en el aprendizaje coinciden. El pintor es fiel a una forma y se disuelve en ella. Eso es lo que diferencia a los estudiantes de San Fernando frente a los autodidactas: sólo serán creadores los que lleguen a poseer las leyes de la materia en una férrea disciplina, dejando claro, en el tratamiento de las mismas, su peculiaridad personal como manifestación de libertad. Los demás dominarán la técnica, pero su fidelidad a la misma no permitirá la expresión original.

Es en esa teleología donde el verdadero pintor se mueve. La libertad, insisto, que ya está en la Academia, justamente donde se aprende la destreza y el uso adecuado de la materia cuyas leyes no se pueden ignorar, crece y se despliega por caminos no previstos entonces. La fidelidad a la reproducción de la realidad se desvanece progresivamente y, en la libertad, la mancha dirige y crea secuencia y conduce al pintor: —¿A dónde vas Modesto Llamas? —Donde la mancha me lleve.

No es desacertada la imagen del pintor que asegura enfrentarse al lienzo con gesto de esgrimidor. No tiene que demostrar nada porque domina el arte de la esgrima y, sin embargo, debe ensayar nuevos pasos, nuevas combinatorias, nuevas fintas, golpes y remesones y amagos de toda índole. Dejándose guiar por la mancha, la fidelidad a la ruta que la punta del florete-pincel señale será la forma más alta de libertad. De mancha en mancha, acercando y alejando la mirada a las heridas, los puntazos los toques que da el pincel, en el torso humano, el pintor se mueve en el laberinto de espejos en que la realidad ubicua se despliega, se oculta, se fragmenta, a su ojos. Atraparla en un desliz, ensartarla como una bella mariposa y fijarla para decir al final: —«Ahí estoy, ese soy yo. Toda mi alma en la punta de un florete, ese es el precioso juego de esgrima pictórica». Y el cuadro aparece como diploma que se cuelga con orgullo de una pared.

La ironía, el botón del florete que golpea sin herida, (el nombre del arma viene del botón que llevaba la punta en forma de florecita) es una prueba de agudeza intelectual. Quien la encuentra en un cuadro (y no falta en ninguno, creo), sonríe satisfecho: es, en este pintor, una forma de captatio benevolentiae. ¡Ya ves, amigo lector! Justamente el estilete que podría distanciarnos cuidadosamente no sólo del cuadro sino del pintor, nos hace asentir con él (Sí, sí. Si yo supiera pintar también lo haría así), porque la ironía de la mirada no lleva consigo la burla que es menosprecio del objeto, sino una cierta ternura que brota de la comprensión honda, y de cierta compasión ante la estupidez o la tontería humanas. La ironía es, en este pintor lleno de sabiduría lumínica, efecto amable del amable disentir, del leal desacuerdo.

Bendito sea el artista que pone a la abstracción un humilde letrero. Ese letrerito del pintor nos da, en la mayoría de sus cuadros abstractos, un seguro deleitoso a la inteligencia. No te calientes la cabeza, amigo, parece decir: —Este cuadro, este conjunto de bellísima mancha, me salió así, bajo una emoción o una idea para la que no encontré mejor expresión que esta: a lo mejor es un balbuceo ininteligible pero emocionante, a lo mejor es todo un discurso de coherencia. ¿Pero qué es? No lo sé; simplemente he sido fiel a la mancha y me parecía que, a medida que avanzaba en la factura del cuadro, iba apareciendo esa emoción o idea que buscaba forma. Y la emoción tenía en mis ojos este colorido. Si coincide en algún aspecto con la emoción que suscita en ti, me daré por satisfecho, si no, o tú careces de sintonía o yo no supe encontrar lo que, en esa situación, todo el mundo experimenta. Además no olvides que el título es una traducción de lo que dilatadamente dice el cuadro. Quizá diga muchas más cosas de las que en síntesis dice el título —pienso yo—. No lo sé. No en vano el pintor se llama Modesto Llamas.

Ya sé que esto que digo desordenadamente resulta un tanto abstracto, pero todo se puede aclarar si vas la sala de arriba en el Instituto Leonés de Cultura y te mueves despacio, en la floresta de color que se desprende de las paredes. En tiempo de crisis y recortes el asunto es tan importante que el Instituto no ha vacilado en el alto dispendio que implica una exposición así. Amigo lector, aprovecha la ocasión y disfruta del lujo necesario (perdón por la paradoja).

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