Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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El éxito de Master Chef Júnior nos ha revelado no sólo que los niños también cocinan, sino que la sociedad puede darle la espalda al abyecto modelo de entretenimiento de Sálvame . Por fortuna, el concurso no consiste en poner a los niños a imitar pautas competitivas de adultos, sino en mantenerlos en el registro de inocencia propio de la edad. Se nota que detrás hay un equipo que sabe los valores que desea plasmar. La espontaneidad de los chavales es compatible con que todos los ingredientes estén calculados. Jordi Cruz, Pepe Rodríguez Rey y Samantha Vallejo-Nágera transmiten en cada gesto ternura cómplice. Todo ha sido diseñado con sutil delicadeza. La especia principal del guiso es la bondad que emanan los niños, pero también la que se desprende de las intervenciones de los chefs, pues estamos ante un logro conjunto, ante un concepto de entretenimiento basado en respetar la edad de los niños y trabajar con ellos en su propio territorio moral. Ahí están los resultados. Dicha bondad se expresa a través de un humor limpio (la conversación de Aimar con Rodríguez Rey sobre las cabezas de las gambas fue una maravilla). Al tratarse de un concurso es inevitable la competición, pero no se les deifica el triunfo; los participantes cocinan en serio, pero prima la diversión. Hay en el programa un profundo conocimiento de la psicología del niño. La cocina es civilización, siempre hay mucho más de lo que está en el plato.

Y qué decir de nuestras paisaninas Esther, María, Cristina y Alba. Qué bien nos han dejado con su simpatía y buen hacer. Gracias al excelente reportaje de Gancedo las podemos conocer mejor. La niñez es efímera por esencia, pero sobre sus pilares se construye la vida adulta. El sabor permanece en tus labios para siempre.

Frente a la vulgaridad de programas de insultos y humillaciones, Master Chef Júnior nos ha traído un genuino aroma navideño. Ahora bien, si a mí de chaval se me ocurre decirle a mi madre que voy a cocinar —pongamos por caso— un arroz con bogavante, ella tras arquear las cejas me habría espetado brazos en jarra: «confiesa, Eduardín, te han dado las notas». A mí los quebrados siempre me quedaban un poco pasadines. Uno era más de sopa de letras.

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