Diario de León

TRIBUNA

El menosprecio luso de Mariano Rajoy

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No concuerdo con el radical y simple enfoque de mi amigo Gavilaso de León, para quien, entre otras debilidades, la clase política sea la más vulnerable y proclive a contraer el virus de la «metempsicosis laica», dolencia cuya sintomatología consiste en: o bien «meter» la pata, o bien «meter» la mano o caer en el nepotismo de «meter» en la función pública a amantes, hermanos, cuñados, primos y demás familia. En lo primero es en lo que don Mariano Rajoy Briz ha caído en su última comparecencia ante los medios de comunicación, una falsedad histórica acompañada de menosprecio, ya cometida tiempo atrás, y que ahora denuncio públicamente para evitar nueva recaída.

No, don Mariano, España no es, como usted ha dicho, políticamente el primer país europeo. Se entiende que alude usted desde sus actuales límites territoriales conseguidos a fines del siglo XV, cuando Isabel y Fernando unieron sus respectivos reinos de León y Castilla, Aragón y Cataluña con el recién conquistado a los sarracenos de Granada. Años más tarde se haría tan extenso con sus colonias que nunca se pondría el sol en él. Pero, desde doscientos años antes, el sol se iba a dormir todos los días a otro país dentro de la península ibérica, ya constituido políticamente como Estado, y tras la toma del Algarbe a los moros y posterior Tratado de Alcañices, en 1297, con límites, salvo Olivenza, prácticamente los mismos que en la actualidad. Ese país era y es Portugal. Su independencia respecto al reino de León y Castilla se acabó de consolidar cuando el castellano ansioso y «termocéfalo» rey Juan I pretendió anexionarlo, al estar casado con una hija del monarca luso Fernando I fallecido sin sucesión. Pero el Trastámara hubo de desistir del asedio a Lisboa a causa de la peste y, en un segundo intento, escapar como alma que se lleva el diablo, no sin abandonar en el campo de batalla de Aljubarrota (1385) la flor y nata de su ejército, entre muertos, heridos y prisioneros. Y, desde entonces es proverbial entre los lusos que «de Castilla ni buen viento ni buen casamiento».

Bien es verdad que, dos siglos más tarde, en tiempos de Felipe II y merced a otro rey no menos ansioso y «termocéfalo» que su colega castellano, dom Sebastião —que quiso continuar la cruzada contra la morisma en tierras africanas y desapareció sin dejar rastro en el empeño (Alcácer Quibir)—, el trono portugués quedó vacío para que lo ocupase el monarca español y así continuar durante sesenta años (1580-1640). Desde esta última fecha, en la que Portugal recobra su independencia, no ha cesado cierto irredentismo español hacia el país vecino, esto es, el propósito de anexionar su territorio al considerarlo como propio por motivos históricos. Intento que ha perdurado hasta nuestros días, como demuestra con todo detalle en varios estudios al respecto el catedrático de la Uned Hipólito de la Torre Gómez. La división territorial de la Península en dos estados era y continúa siendo para muchos una anomalía. Al leonés Pío Gullón le llevaban los demonios que en la península itálica se hubiesen podido unificar distintos pequeños estados en uno sólo, mientras que en la Península Ibérica no había surgido un Garibaldi capaz de unificar los dos existentes.

El desdén histórico hacia Portugal de don Mariano, o de sus asesores, es falta leve si lo comparamos con sonadas meteduras de pata españolas relativas a Portugal y los portugueses a lo largo de la Historia. Pongamos algunos ejemplos. Leopoldo Alas, Clarín, lamentaba que un catedrático de Instituto creyese que Os Lusiadas, en vez de hacer referencia a un gentilicio, fuese el título de un poema dedicado al monarca portugués don Luis. Antonio Romero Ortiz, autor de la Literatura portuguesa. Siglo XIX, afirmaba sin exageración que ni París, ni Londres, ni Washington distaban tanto de Madrid como Lisboa. El cineasta Luis Buñuel habla de Portugal en sus memorias «como país más alejado de nosotros que la India». Guillermo Díaz Plaja, miembro de número de la Real Academia Española de la Lengua, convierte en brasileño al poeta portugués Fernando Pessoa, citado en una reseña publicada en ABC sobre el libro de Antonio Pereira Cancionero de Sagres . Luis María Ansón prolonga en una de sus «canela fina» veinte años más los 60 de la monarquía dual en tiempo de los Felipes (II, III y IV) o, lo que es lo mismo, se los birla de su soberanía. Probablemente sea infundada maledicencia una respuesta de Esperanza Aguirre acerca de José Saramago, porque, recabada su opinión sobre la obra del premio Nobel portugués, se cuenta que manifestó: «Sara Mago es una excelente pintora». Verdad o mentira, de lo que no hay duda es que tanta ignorancia confirma lo fácil que es caer en desatinos históricos o lingüísticos (muchas palabras igual escritas en español y portugués tienen muy distinto significado, dando lugar a «falsos amigos» o mayúsculas equivocaciones) cuando se trata de cuestiones portuguesas, aunque parta de personas talentudas y gallegas (Galicia es la región más próxima a Portugal por lengua y cultura) como don Mariano Rajoy Briz. Pero, lamentablemente, puestos a calificarle en lo tocante a la historia peninsular, como diría su correligionario y amigo desposado con una Botella, «cero patatero».

Don Mariano seguramente no pasará a la Historia por haber metido la pata contra ella, en cambio sí lo merece por haber contribuido como nadie a la posibilidad—se me ocurre— de un neologismo similar a la manoletina: la «rajoyina». Al igual que Manolete consagró con su nombre una suerte taurina consistente en un pase con la muleta en el que el torero cita a la bestia de frente y con el engaño a la espalda, «caer en rajoyina» podría pasar al diccionario de la Real Academia Española de la Lengua como: «Dícese del político que se atribuye para sí y para su país logros o méritos ajenos». Y otro neologismo que tampoco estaría demás respecto a Portugal sería el de «lusópodo»: «Dícese del individuo que mete la pata en asuntos relativos a Portugal o los portugueses».

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