MARINERO DE RÍO
Los primeros de la clase
En las fiestas se solían agazapar detrás de un bafle, engarfiados a las fantas, y miraban atemorizados y confusos el mundo que les rodeaba. Sentían sudores fríos cuando veían que una chica pasaba a menos de dos metros y añoraban aquellos lugares en los que ellos sí eran los reyes: la primera fila de la clase, los despachos alfombrados de los profesores, el laboratorio de ciencias, los clubes de debate... Nunca se partieron la cara en el patio del colegio por un quítame allá esas chapas, ni hicieron pellas que sabían a gloria —tiempo precioso, rara libertad—, menos aún sufrieron castigos que lo indignaban a uno por lo descomunal de la injusticia y tampoco marcharon con baraja de suspensos a casa, la cabeza llena de estrategias con que capear el temporal.
Andando los años, varia de aquella gente, todo repeines y matrículas, residencias de élite y verano americano, alcanzaron puestos importantes en la dirección del país —y de no pocas empresas—, iniciando en ese momento su particular revolución de nudo Windsor. Un motín altanero basado en el desdén hacia el hombre común, hacia el fortachón que un día le puso los calzoncillos del revés y hoy ejerce de camionero, hacia el gracioso que lo caricaturizaba y ahora es monologuista o actor. Aupado sobre lejanas notas y recientes másteres, y la preceptiva oposición, quien nunca logró quitarse el agrio complejo de no haber formado parte de la plebe decide tomar revancha contra ella y por eso la humilla o la silencia, le impone su visión: él sabe lo que sucede y lo que el otro necesita, aunque se enfade y proteste, él está en posesión de la verdad, para eso es... el primero de la clase.
Ya no estamos ante el hijo del labriego que a fuerza de beca y bregar llegaba a subsecretario, no; ahora nos gobierna una selecta mafia de repolludos que han hecho de la política y la alta empresa un casino al que resulta imposible llamar a la puerta y hasta pronuciarse sobre él. Estamos en manos de personas que ignoran y desprecian al pueblo llano porque no lo entienden y en el fondo les asusta. Sabrán mucho de números, pero maldita la idea que tienen de la vida.