Diario de León
Publicado por
Ara Antón.
León

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La corrupción, la estafa y el abuso alcanzan ya a lo más sagrado de esta degradada sociedad: los niños. Con asombro infinito y rabia vengativa leía hace poco que profesionales de la enseñanza en Burgos, Gerona, Toledo, Castellón... y me imagino que en muchos otros lugares que no aparecían reflejados en la noticia, clamaban ante la dolorosa injusticia de contemplar niños revolviendo en las papeleras durante los recreos, con la esperanza de que alguien con poco apetito haya dejado sin terminar su bocadillo, y aquellos otros que llegan a clase con sudores de varios días porque en sus casas no hay agua caliente, o los que no pueden quedarse en el comedor si no consiguen ayuda económica, porque papá y mamá están en paro, o algunos que, además de los carísimos libros y material escolar, deben llevar en sus mochilas un rollo de papel higiénico, o unos que, de repente, han tomado un amor inusual por las aulas porque en ellas aún hay calefacción...

Pero no queda más remedio que seguir recortando. Las ayudas a los comedores escolares han bajado más de un 50%; las becas han adelgazado en ochenta y cuatro millones; las oposiciones para profesores se van frenando... Es lógico. Hay que pagar viajes, coches oficiales, regalos, mariscadas, subvencionar comedores de parlamentos regionales... Diecisiete inoperantes autonomías llenan sus vacíos con hueras palabras o señuelos independentistas... Y mientras, la sociedad del bienestar se está convirtiendo en la miserable y nunca olvidada que luchó por sobrevivir en la posguerra.

Los colectivos más castigados son siempre los más débiles: ancianos, niños, enfermos, mujeres... Estas últimas, por mucha tinta, porcentajes obligatorios y palabrería cargada de florituras y promesas de libertades que haya habido, siguen cobrando menos que sus compañeros varones y llevando a la espalda el peso de los hijos y el hogar, aunque traten de convencernos de lo contrario y a veces logren persuadirnos de lo liberadas que estamos.

La situación se está degradando peligrosamente, hasta el extremo de que hay madres que se inventan «bocadillos mágicos»: dos pedazos de pan sin nada en su interior, para que su pequeño pueda imaginarse el alimento que más le guste o aquel que le llene más la barriga.

Un pueblo puede aguantar mucho, pero no es conveniente que comience a ver a sus hijos pasar hambre y frío. A lo mejor sería aconsejable que los de «a mí me va bien» descendieran unos escalones y, sin necesidad de mezclarse con la plebe, no vaya a ser que los alcance su miseria, escucharan sus quejas, antes de que se conviertan en gritos.

Paralelamente, la solidaridad crece y las gentes ceden algo de lo que les sobra, o de lo que pueden privarse, en favor de los que menos tienen, y hasta hay organizaciones e instituciones que piensan más en paliar la penuria que en poner grifos de oro en sus lavabos. Recuerdo el ejemplo del obispo de León, rechazando una oferta millonaria por el edificio que alberga el hospital de Nuestra Señora de Regla, para que continúe su labor social. Y no solo no ha aceptado la golosa oferta, ha realizado una nueva inversión que ha creado puestos de trabajo en una ciudad en la que ya no quieren vivir ni los inmigrantes porque probablemente esté ya a la altura, si no por debajo, de sus lugares de origen en creación de riqueza y medios de subsistencia.

Seguramente, muchos de los de «a mí me va bien» pensarán que esta pintura de la realidad es tremendista y que las cosas no están tan mal; muy al contrario, estamos mejorando, dirán. ¿Quiénes? Los de la calle no lo notamos, como tampoco lo hacen los castigados enfermos crónicos que, además de soportar lo mejor que pueden sus males, ahora tiemblan ante la idea de tener que pagar parte de sus tratamientos con las exiguas pensiones o los miserables sueldos de que «disfrutan».

Esta es la realidad, o al menos la realidad que vemos la mayoría. Pero «siempre nos quedará París» y tal vez sería conveniente ahondar en el conocimiento de la física cuántica y creernos que lo que suponemos realidad no es más que un constructo de nuestra mente. Y si es así, solo tendríamos que ponerle unas gotas de optimismo y todo cambiaría. Pero si ello nos resultara imposible, al menos no dejemos de lado la esperanza ni la capacidad de perseverar. Que no nos tapen los ojos con juegos soberanistas o brotes verdes, pues solo nuestra tenacidad y claridad de juicio nos permitirán salir del cenagal en el que la ambición de unos pocos nos ha metido.

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