Diario de León
Publicado por
antonio manilla
León

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Ahora que la publicidad se dirige a la gente de mi edad, los niños del baby boom cuyos padres bailaban lentos con Los Mágicos en las fiestas locales con aire de verbena rural, antes de los láseres y las máquinas de humo; ahora que la publicidad es más superflua que nunca, porque la pobreza se extiende —¿por qué lo llamamos crisis cuando deberíamos llamarlo pobreza?— y acosa el centro de las ciudades y en las afueras pone en entredicho la supervivencia misma de las personas, acaso se hace más necesario que nunca recordar machadianamente nuestra infancia o, por mejor decir, a nuestras madres.

Mi infancia es una madre deslizándose por el pasillo sobre unas bayetas, el frío del invierno envuelto en un verdugo de lana o embutido en unos leotardos, hechos acaso en tardes eternas alrededor de una mesa camilla con brasero, el sabor de la quina Santa Catalina, los parches Sor Virginia aplicados sobre los riñones quejumbrosos de alumbrar y alzar hijos. Veraneos en el pueblo, un lechero en la puerta vertiendo sobre el cristal verde de una jarra la blancura del amanecer, cucharadas de Calcio 20 y meriendas de pan con chocolate si había suerte, un vinilo girando a 45 revoluciones por minuto en un tocadiscos portátil. Las coderas y rodilleras eran la tecnología de aquellos tiempos que había venido a arrumbar los zurcidos, para los sietes de la piel nos ponían mercromina, el linimento todavía no era un spray agresivo con la capa de ozono.

La juventud, en fin, era igual que ahora, joven e irreflexiva. Desmoralizados por la ciudad que todavía no habíamos aprendido a amar, íbamos a las vías a poner monedas al paso de los trenes hacia el norte o a darle fuego a los vilanos de las chopas, que ardían como una mecha paralela al hierro que tan sólo ennegrecía las traviesas, a sacar tornillos ferroviarios y enseñárselos desde la distancia al loco de nuestra calle. Todo era igual y distinto, porque durante un tiempo hubo más medios, las drogas se llevaron a muchos hasta que el consumismo ocioso heredó la corona del despilfarro. Pero ahora que como país somos demasiado pobres hasta para comprar cosas baratas, mientras lo asumimos, estaría bien que fuéramos volviendo la cabeza hacía aquella filosofía económica del ahorro en la que nos criaron nuestras madres.

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