Diario de León
Cristina Fanjul
León

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De un tiempo a esta parte nos hemos vuelto invisibles. León, me refiero. La invisibilidad es una cualidad que tan sólo tienen los grandes cuando lo son de verdad. Los que mueven los hilos del mundo, por ejemplo, los que mecen la cuna. Los demás, o eso dicen, no son más que títeres al servicio de todos ellos, así que León debe estar en el top ten del poder.

Nos tenemos que felicitar. Somos tan invisibles que dentro de poco dejarán de nombrarnos, desapareceremos de los mapas y de las enciclopedias, haremos mutis por el foro para llegar al paraíso, ese lugar mítico entre el Tigris y el Eufrates, aunque puede que nos pase como a Moisés y tengamos que ver la tierra prometida de lejos, para purgar nuestros pecados.

Sí, cada vez más ignotos, cada vez más elementales, que de seguir así vamos a vencer todas las leyes de la física o, dicho de otra manera, que Higgs o como quiera que se diga, va a tener que venir a León para encontrar entre nosotros la partícula de Dios, esa de la que todo parte, en nuestro caso esa en la que todo acaba, esa que se desintegra a la velocidad de un bosón.

Invisibles, como todo lo que es imprescindible, lo esencial es invisible a los ojos, ya saben, así que vayan despidiéndose de la provincia de León, que un lugar sólo existe si se vuelve subjetivo y llevamos camino de abandonar nuestro Shangrilah particular y sólo quedarán para recordarnos los osos y los lobos, incapaces de crear un universo de ficción que nos haga reales.

Invisibles, como en los cuentos de Borges, un juego que esconde otro y así sucesivamente, un lugar que nos obligan a creer como cierto pero que no es más que un conjunto de imágenes en bucle, que regresan una y otra vez, una rayuela que saltamos de atrás adelante, y otra vez, funambulistas que no se cansan porque saben que dejando saltar el mundo desaparecerá bajo sus pies.

Invisibles, tanto que llegará un día en el que el camino sólo será de ida —o no se han dado cuenta de que las vías del tren ya son unidireccionales— y ni siquiera nos dejarán huir, que es así como se construyen las leyendas, con caballos gigantes y fortalezas sin salida, aunque puede que para entonces este reino haya parido un Eneas que se libere para poder mantener la ficción en otro lugar.

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